martes, 30 de abril de 2013

El mejor oyente es el que no sabe que tiene orejas


El maestro Dragó reveló en su momento, no recuerdo dónde pues me es difícil llevar un seguimiento de mi propio seguimiento, que él nunca escuchaba música. Que, ya caminara por la calle o estuviera en su casa, nunca había nada que rompiera, que destruyera el silencio en el que se recogían sus interiores. Si yo hubiera podido escindir mi vida en dos o, mejor dicho, multiplicarla, porque escindirla aún puedo -que no he llegado aún a su ecuador- dedicaría una íntegramente a la música y otra íntegramente al silencio. Pero esta única y humilde existencia mía se acerca más al primero de los términos, al del barullo constante, la inmersión en los océanos de la melodía ininterrumpida, diaria, rutinaria, y, es más, creo que si no se está en ese estado de contacto, de embriaguez casi mareante, no se puede construir nada con las propias manos. Pero me gustaría también dedicar una vida al silencio porque creo que ahí es donde se puede encontrar una leve elevación del nivel de conciencia, de donde se puede aprender algo.

La música tiene un componente lírico, pero del estrictamente musical no se puede extraer nada. El espacio que abre es plenamente externo, no evoca nada, nada retrotrae, nada conmueve en nuestro ser real. Nos lleva como al joven Lovecraft lo llevaban en sueños las alimañas sin rostro, cual Discovery 1 a punto de acercarse al misterio elemental, nos conduce a terrenos de los cuales nada podemos extraer, cruzamos pasajes completamente desconocidos, desligados de nuestra actual comprensión del mundo, y luego volvemos sin poder pronunciar una sílaba de lo visto… que no sea entonada. Nada que ver con la meditación, la introspección, el palpitar de corazones que teorizara Cage cuando componía silencios. Nada de crecimiento, nada de mejora personal, nada que no opere sobre emociones momentáneas ante las cuales nos encontraremos sustraídos o no en función de nuestro vulgar contexto cultural. Nada a largo plazo. Ninguna verdad. Y, cuando nos conmueve, cuando más nos gusta, suele ser cuando no está elaborada, cuando no reluce intelectualmente como un sol, cuando no es un constructo complicado, cuando no se aleja de los cánones, cuando consiste en los cuatro eternos acordes cuya progresión matemática no deja espacio a la indiferencia, y que podrían resumirse mejor en dos, o incluso (y esta clase de música nos hace entrar en una relajación casi animal), uno pero con leves matices, o una serie de octavas que titilan en la noche, un zumbido fuerte pero inaudible y, cuando por fin nos sentimos relajados y empezamos a respirar un aire frío y puro, silencio, grillos, silencio.

domingo, 28 de abril de 2013

Homecoming






He looked through the wide window. Fields of green unreal glimmered in front of him as  far as the eye could see, glistering and wounding his retinas, dazed with brightness. He kept quiet. The wind induced a sinuous swell to the meadow, and went whirly to him, to the little opened balcony in the midst of nowhere. He inhaled its bracing primitive cool, and felt that it was exactly the same as that wind which blew many years ago. Its purring he no longer understood, but had no need. The freshly painted grass, full of stealthy shivering, rocked homogeneously back and forth; the sky, dotted of cloud rings , was calm, nobody spoke anywhere. He stretched himself, and his arms knocked the wooden planks of the compartment. It occurred to him that he had to draw the curtains just then, for, if he hadn’t, he would fall at the dull mattress of grass, which asked aloud to be tread by the hoofs of a steed ridden by a knight of yesteryear who made a promise at a sunset. He closed them eagerly, with a lot of effort, and the room became pitch-and-black right away. He palpated clumsily his pocket, drew a matchbox and stroke a match. In its flickering gleam he saw a shadow of car’s headlights crossing the street close to him. Then the bulb of a lamppost lighted up slowly, spitting its beam to a brick wall furrowed of vomit. A small number of windows were being flooded by a yellowish light. He turned his collar up and ran inside an alley nearby.





Miró por la amplia ventana. Frente a él refulgían los campos de verde irreal hasta donde abarcaba la vista, diáfanos, hirientes. Él mantuvo el silencio. El aire inducía a la gran superficie verde un sinuoso oleaje, y caminaba en remolinos hacia el ventanal abierto en medio de ninguna parte. Inspiró su frescor originario, tosco, glacial, y sintió que era exactamente igual a un viento que había soplado hacía muchos años. No entendía ya su ronroneo, mas no lo precisaba. La hierba, rica en escalofríos furtivos, estaba como recién pintada, y se mecía homogéneamente hacia delante y hacia atrás. El cielo, punteado de aros de nubes, estaba quieto, y nadie hablaba en la escena. Él se estiró, y sus brazos chocaron con las tablas del compartimento. Entonces se le ocurrió que debía correr las cortinas entonces, si no no iba a hacerlo nunca, que si esperaba caería sobre el amortiguado colchón de hierba, que demandaba ser aplastado por los cascos de un corcel montado por un caballero que un día había hecho una promesa en una puesta de sol. Cerró con urgencia y esfuerzo las densas cortinas violáceas. Ahora estaba en la oscuridad más cerrada. Palpó su bolsillo, extrajo una caja de cerillas, encendió una. A su fulgor trémulo vio la sombra de unos faros de coche que cruzaban la calle junto a él. Luego se encendió lentamente la bombilla de una farola, que escupió su fulgor hacia un muro de ladrillo surcado por el vómito. Algunas escasas ventanas se iban inundando de una luz amarillenta. Él se subió el cuello de la gabardina y corrió hacia un callejón cercano.

Neocontinuismo



 Hablemos del neoliberal casposo, abundante como las liendres. Al menos, lo es entre sus líderes y el Fondo Norte(americano) de su afición. Aparte del hecho de nacer de familias con algo que llevarse a la boca, encontramos que, de la Thatcher a Gary Johnson, de Jiménez Losantos al manido Mariano, los que meten o aplauden un tijeretazo lo hacen con una conciencia tranquila en común: creen que hay un nota en las nubes sin nada mejor que hacer que espiar y darles azotes en el culete. Esto es, son peligrosos, quiero decir, religiosos. Apurando más, cristianoides. Ojo, esto no quiere decir que busquen, como otros, que su credo se imponga sobre la sociedad, y menos mal, pero sí explica las simpatías con el Fondo Sud de ese maremágnum mediterráneo que en nuestro país llamamos la(s) “derecha”.
Muchas de las raíces del voluntarismo que proponen para sustituir la coacción estatal, definida según principios ingeniados por un defensor del absolutismo llamado Hobbes, están más calcados del modelo misionero cristiano que del asociacionismo de espíritu ácratico, aunque eso de superponer en la misma frase “cristiano” y “voluntario” sea un insulto a la memoria de unas pocas señoras con escoba.

Aparentemente las mentes de estos tipos, como cualquier mente piadosa y por ende en la coyuntura de conciliar lo irreconciliable, tienen una potencia que ni el cacharro de Bruselas, pues son capaces de creer al mismo tiempo que los sistemas coercitivos menores son intolerables y los sistemas coercitivos mayores son molones. Me explico, un sistema de impuestos transversalmente electo es, para algunos antidemócratas, algo moralmente denostable de por sí hasta el punto de ser legítimo saltárselo a la torera si se presta la oportunidad. Se lo considera despreciable porque, dicen, si uno hace uso de la libertad de poseer el fruto de su esfuerzo (medido en hectolitros de sudor ajeno) bien podría no querer pagar su gravamen, y si no lo paga, como va en contra de las leyes vigentes, puede ser sancionado. Sin embargo, y aunque sea poco liberal eso de ir juzgando la consistencia de las ideas del otro, tenemos que reconocer lo disparatado de creer al mismo tiempo que si no se sigue el credo moral del barbudo celeste te pudrirás en el infierno eternamente. La multa por evasión fiscal tiene unas repercusiones mínimas en comparación con la amenaza estar bullendo en una caldera de chef paticabril para siempre jamás, sin embargo ellos, vaya a saber por qué, abrazan este segundo tipo de coerción. Yo puestos a elegir siempre me quedo con lo extravagante, pero no dejo salir mis ganas de parranda tan fácilmente. Sólo un decir.

Puede objetarse que de cualquier modo es algo que sólo les afecta a ellos, y deberíamos, respetando su propio credo, no tratar de intervenir en la necedad y la miseria de los individuos amundistas y atomizados y dejar de reponer las bombillas de los coles, si no fuera porque toda consideración religiosa implica una consideración sobre el prójimo. Así, si son estrictos con su ideario, estos individuos no sólo considerarán que ellos deben de ser buenos porque si no se quedan sin postre, sino que todos los que no sean buenos no repetirán postre a la postre, como estoy repitiendo yo hasta lo cansino: postre. Y ese arroz con (mala) leche nos incluye a ti y a mí, querido lector. Si da la casualidad de que nos cría una familia no practicante y no podemos desarrollar en condiciones óptimas esa pizquita de esquizofrenia que tan bien sienta o simplemente hemos nacido fuera de Europa bajo el Yugo Analógico de otras confesiones, acabaremos en los avernos porque así lo dicta el etnocentrismo de la fase más primitiva de la conciencia humana.

Gracias a haber puntualizado esto comprendemos ahora mejor en qué consiste el “voluntarismo” del liberal cristiano. Consiste en un “no hace falta tener un Estado para que haga el bien por nosotros, porque si alguien no lo hace ya será él castigado eternamente por entes con la misma consistencia ontológica que Winnie the Pooh”.  En manos de Walt Disney también están las mentes y el destino de millones de personas, la gran diferencia es que él sólo estaba fingiendo  que sus creaciones tenían alguna gracia. Aquí los abrideros de boca son en tres dimensiones.

Algo parecido sucede cuando el buen samaritano en cuestión no es religioso sino sólo fuertemente moral, un muchacho brutote pero de buen corazón. La moral es el origen innegable de la política pero de forma tan brusca y directa como la mayor parte de la peña las enlaza en sus corazoncitos  es también su féretro, y un féretro muy retro. En cualquiera de los casos, si alguien consiguiera explicarles el mito del alma tendrían que ser muy, muy desalmados, precisamente, como para no horrorizarse por echar tanta a gente a la miseria sin paraísos ni infiernos que vengan aquí a poner orden, hablando en plata de Navajita Plateá: pa na. Desde aquí, un besito a mi mamá, no dudamos que lo fueran.

Pero los hay menos puritanos. Los hay que defienden esta ideología porque así creen legitimada la mejor posición de salida al mercado laboral que tienen con respecto un etíope, aunque ellos prefieren decir que es porque tienen valores, en concreto,  una libertad cuya única amenaza es la violencia física. Están permitidos el acoso laboral, la infracualificación, los desfiles del Ku Klux Klan por el Bronx, la plusvalía -pero sólo algunas minusvalías-, la bendita explotación y, en general, todo lo que sólo sea denunciado por dominios vagos como la psicología individual y de masas y, por supuesto, la sociología, enemigo de los zoquetes thatcheristas de ayer y hoy. Es un antipsicologismo tan fuerte como el de sus socios militaristas y una reducción, “cree el ladrón”, del amplio espectro de acción humanas a cuatro fuentes, yo, mí, me y conmigo, y la última está siendo procesada por malversación de fondos. Se adorna en la mala comprensión de la noción de "ley biológica" aplicada al darwinismo,  obviando la tendencia en los mamíferos superiores de especies semejantes a la colaboración en un tejido social cada vez más complejo. Pero claro, no vamos a negarlo, entre especies distintas sí se compite, lo cual demuestra que el Superhombre ni abuela precisa.

¿Qué sucede cuándo se ama tanto a esa estatua neoyorkina que Kafka describió sosteniendo una espada sangrienta? Pues eso, se está dispuesto a matar, que no morir, por ella (y matar de hambre, of course). Uno se saca de la chistera (de burgués) conceptos como el de la “tiranía de la mayoría”, apuntado por el siempre agudo Tocqueville, o, ya, rizando el rizo, dicen directamente que si el pueblo decide ir en contra, vivan las caenas, eso estaría mal. Por mis cataplines que sí. 

Entonces en lugar de espíritus abrazables como Dragó o Escohotado tenemos el ceño fruncido del progre militante. La conspiranoia del estalinista estatitista estalagmitista. Todos iguales. Y es que así, amigos, son los tíos que nos gobiernan, ya sean de izquierdas, de derechas, mcquiavélicos o bobolivarianos: tíos sin salero. Nada peor que decir chorradas y que nadie se ría.

No se engañen, vivimos en el mejor de los mundos posibles. No se engañen, ninguno está en lo cierto, sólo somos un puñado de bestias implumes cuyas vidas son guiadas por instintos, prejuicios y rencillas que buscamos legitimar de forma patética y mediocre. Y nada más. No tenemos dignidad ninguna. No merecemos dignidad ninguna. Por no merecer, no merecemos ni ser felices. Usted no es especial. Ya sea Mozart, Obama o Jim Carrey, el mundo se las podía haber arreglado muy bien sin su presencia. Lo hará, no lo dude. No olvide cerrar la puerta al salir, o la sangre salpicará el jardín. Como diría cierto sabio, gut bai. Si yu sún. Ai Lob Yu.

 

sábado, 27 de abril de 2013

El viento entre las ramas


Es costumbre dividir las artes, a un nivel fundamental, entre artes espaciales y artes temporales. A las primeras pertenecen por ejemplo la arquitectura, la fotografía y las artes plásticas. Al añadirles el elemento tiempo se consiguen híbridos como el cine, o la literatura ya en un nivel más abstracto, menos ligado al espacio que se ve y siente y con fuertes elementos de ritmo, y ya finalmente la poesía y en última instancia y si no somos hegelianos, lo que podría considerarse el puro tiempo que no existe en ningún espacio y a ninguna res extensa hace referencia, la música.

Se toma la música como el arte cronológico por excelencia, y bien es cierto que en su vertiente rítmica no puede menos que considerarse así, pero tampoco es cierto que esté tan desligada de los lugares, que no abra espacios a su manera. No obstante, es esta última una característica que no está presente en la mayor parte de la música, sino más bien una tendencia que se opone y compensa con la que busca el puro ritmo, a veces muy predominante, a veces muy poco.

La ligazón de la audición con el mundo sensible, lejos de ser leve y remota, es esencial en nuestra constitución psicobiológica, prueba de ello es por ejemplo que podamos cerrar los ojos, la boca y la nariz (dejando de respirar), pero necesitemos ayudarnos de las extremidades para hacer lo mismo con los oídos. Aunque la capacidad del oído humano está muy por debajo de la de otros animales, conforma, junto con la vista, el sentido más desarrollado para detectar amenazas ahí fuera. No obstante, para nosotros el hecho de que la percepción auditiva no nos parezca tan directa como las otras se manifiesta en el lenguaje: decimos con frecuencia “veo un perro” o “este guiso sabe a perro”, pero el sentido de “oigo a un perro”, es frecuentemente asociado con “oigo el ladrido de un perro”, como si lo que oyéramos no fuera el perro mismo, la misma entidad que vemos y cuyas deposiciones o aliento tenemos la desgracia de oler. Pero parece que el oído no se relaciona con las cosas, sino con su sonido, las ondas, una impronta invisible que dejan en el aire y que se dirige hacia nosotros. En cierto modo es verdad, tanto como que no vemos sino la impronta visual de los objetos, dependiente de la configuración de nuestro ojo, pero sucede a veces que pensar en esta separación entre nuestra percepción visual y los objetos nos resulta inquietante y extraña y nos cuesta más pensar cómo serían vistos por una abeja más que pararnos a pensar cómo oye nuestro perro nuestra voz. Tenemos la vista como sentido prioritario, y lo tenemos como sentido mayoritariamente espacial, aunque se pueda también captar el cambio con él.

 Sin embargo, debemos distinguir entre “espacio” y “lugar”. El espacio es la pura apertura de las dimensiones, la indeterminación de la extensión, mientras que un lugar es una entidad elaborada, concebida cuanto menos, y que consta no sólo de una percepción visual, sino de aditivos olfativos, sonoros, etcétera, y, lo que es más importante, una delimitación realizada por el entendimiento. Un lugar es una parcela que queremos crear en el espacio infinitamente extenso, y se lo parcela siguiendo cierto criterio. Ese criterio puede ser la forma, que invite a pensar en él como en una unidad completamente independiente, pero también hay muchos otros motivos para considerar un determinado número de percepciones espaciales como un “lugar”: la función, la utilidad, la tradición o, incluso, y esto es lo que más me interesa, un sentimiento experimentado que aúne cosas que antes estuvieran separadas.

Un ejemplo de esto puede ser la claustrofobia, que crea la categoría de “lugar cerrado”, la cual aúna multitud de espacios con poco en común. Esta categoría no es experimentada por usted o por mí habitualmente si no padecemos claustrofobia, y ni siquiera lo pensamos o nos damos plena cuenta de cada vez que pasamos de un lugar abierto a uno cerrado, pero para una persona que sí la padece el cambio es siempre consciente y acusado. El lugar, entonces, existe.
Lo mismo se puede decir de “lugares que tienen un conejito rosa en una estantería”, caso de haber una fobia al respecto, y quiero decir con esto que no necesariamente las categorías que crean los sentimientos tienen una definición tan fácil y compartible como la de “lugar cerrado”.
Una cámara de vídeo sólo puede captar un lugar tal cual es, sin aditivos, sin comentarios, y si se lo quiere volver expresivo es preciso construir mediante decorados o efectos de distinto tipo un nuevo lugar objetivo que cree sin embargo la ilusión, la falaz fantasía del sentimiento que se quiere transmitir. La literatura lo tiene más fácil, pues al introducir la impresión mediante la figura del narrador o los personajes puede generar ese componente subjetivo en apariencia, pero de ahí a que el lector se vea envuelto en la sensación que se quiere transmitir, y no lo lea con la frialdad de quien lee un “te quiero” escrito en una pared, hace falta unas dotes comunicativas que forman parte del arsenal de un buen escritor. La música, al no tener referente alguno, lo tiene aún más difícil. Se puede pensar que la música se compone como una especie de canalización de un lugar, de vivencias o acontecimientos del mundo externo, pero, hasta donde yo sé, no hay manera alguna de expresarlos sino es bajo el filtro de la sensación que producen, y aun así el rol de esta última es muy cuestionable.

Pero no nos interesa ese asunto, sino más bien, independientemente del proceso de creación que haya habido, el proceso de su recepción. Y ahí sí se puede pensar la música como algo que abre un espacio en lugar del puro discurrir temporal que se le asigna, pese a su incapacidad de permitirnos retornar a la página precedente o de deleitarnos en los detalles de una escena concreta cual si de un lienzo al óleo se tratara. Pero, sin pretender negar que este discurrir, esta fluidez absoluta existe, hay que preguntarse si es lo esencial, si es lo que la define, además de ser lo que la diferencia de las otras artes, pues la diferencia que la rinde específica no tiene por qué ser lo que mejor da cuenta de su esencia.

La respuesta viene de la mano de una consideración sobre esos lugares cuyo fundamento hemos trazado brevemente. Si bien el espacio puro carece de tiempo, no podemos afirmar que los “lugares” no tengan un movimiento interno, no tengan un dinamismo en perpetua actividad: las orugas que mascan las hojas, los pájaros que sobrevuelan la escena, la constante e inadvertida corrupción a la que está sometido todo lo que esté sometido al tiempo. Aunque al hacernos un concepto, una impronta intelectual de la ubicación, lo entendamos como algo fijo y constante, lo cierto es que no para de cambiar. Es decir, existe un motor interno que es semejante al que conduce a la música desde el principio hacia el final de la obra. ¿Pensamos acaso en un movimiento, en un puro discurrir cuando nos mencionan una pieza musical que conocemos, o más bien se nos viene a la mente una sensación, una impresión análoga a la que tienen los lugares?

A veces se utilizan adjetivos propios de la evaluación de la personalidad para definir a los contenidos de la música: una melodía alegre, triste, madura, reflexiva… pero no son más que trucos expresivos pues, ¿realmente existe una canción absolutamente alegre, absolutamente triste? Yo, en mi ignorancia, no conozco ninguna, lo cual no impide que pueda experimentar esas sensaciones ante su configuración como puedo experimentarlas ante una puesta de sol, un valle de los Alpes o un cementerio de paredes grises, ninguno de los cuales está diseñado para producir esa sensación, en principio. Es mi forma de traducirla, y en este sentido la música es para mí como la exposición a un lugar, algo que yo delimito caprichosamente, por supuesto, entre el continuo de sonidos al que estoy sometido desde que nací, y a la que asocio una mayor o menor reacción sentimental, un equivalente subjetivo a lo que se me presenta, aunque el idioma que hable, como el que hablan los lugares, me sea en el fondo muy lejano, mucho más que el de la literatura, que se apropia y manipula los conceptos con los que formo mi visión del mundo y me hablo a mí mismo.

Esa especie de apertura que se produce en nosotros al exponernos a un lugar musical es la forma que tiene la música de asemejarse al mundo externo, o quizás es nuestra forma de hacerla propia en analogía a lo que experimentamos en la mundanidad, eso nunca lo sabremos. Desde esta óptica se puede ver también una incidencia importante del manejo y la articulación de lugares en la literatura, el cine o las artes plásticas, aunque estas últimas son un caso menos flexible porque generalmente la elección de la “escena” es una selección de lugar primaria y directa efectuada de antemano por el autor.

Esta óptica de entender la música como un juego topográfico es sólo una simple introducción que tiene empero una gran importancia, pues la topografía (no en sentido deleuziano o lacaniano, dios me libre, sino en su cientificidad) me parece la respuesta más clara a la crisis del héroe antropocéntrico en artes más literarias, de lo cual muchas tonterías quedan por decir.

viernes, 26 de abril de 2013

La religión de nuestros días (una interpretación)


 Benjamin Franklin escribía en sus “Consejos a un joven comerciante” que no utilizar el dinero, no aprovecharlo, no sacarle fruto es algo comparable a un asesinato. Dada la capacidad de inversión que permite extraer de él más de lo que en origen estaba presente, el crimen es de proporciones épicas, y su impacto se prolonga durante muchas “generaciones” monetarias. Es curioso el tono de imperativo categórico adoptado por uno de los padres fundadores de la que es quizás la entidad bursátil más ejemplar del mundo, tanto en la salud como en la enfermedad. En lugar de apelar a una deontología kantiana que se funda en sí misma en tanto que autonomía del deber de todo condicionante material o situacional, se hace por respeto al dinero en sí mismo, devenido autónomo, que tampoco es en ningún modo “material”. El dinero en sí no consiste sino en puro valor de intercambio, mientras que el respeto al deber es exigencia racional y, dada la univocidad supuesta al raciocinio no podría ser canjeado por otra noción sin caer en resortes de mala fe (univocidad que estamos lejos de suscribir). Estamos equiparando, por ende, un concepto que no es intercambiable y posee su fundamento en sí mismo con un concepto que no se funda en nada, y que sin embargo sirve para fundarlo todo al mismo tiempo, en tanto que todo ente desde su aparición, incluyendo lo que exhibía categorías como las de sagrado y sublime, puede obtener la asignación de un determinado valor si se da la oportunidad de tal asignación. Cuando se opta por no propiciar esta situación es para mantener una interconexión de relaciones de intercambio, una microfísica financiera en torno al objeto que se aparenta preservar exentos de ellas, como sucede con obras de artes oficialmente incalculables, por ejemplo la Mona Lisa. En cuanto reciben ese estatus lo que se permite es sencillamente poder usarlas  como pozo sin fondo de reproducciones turísticas y artísticas que, en la lógica crematística que acabamos de ver, basada en el requerimiento de extraer valor de donde es aritméticamente inconcebible, reportan mayores dividendos que el original si estuviéramos en la coyuntura de aplicar sobre él el filtro de la valorización, esa valorización que es al mismo tiempo desvalorización al destronar a la anterior posición, ya fuera de intocable o de brahmán, misticismos todos propios de un clima sociocultural llamado acientífico.

No obstante, esta organización que no se funda en otra cosa que en sí misma y no puede justificar ese fundamento desde sí misma tiende en el fondo al orden de lo religioso. Weber mostró generosamente que la fuente de la ética asociada al espíritu liberal-capitalista es la mentalidad calvinista (yo añadiría que en un retorcido trampantojo psíquico cercano al delirio) pero nos referimos a algo que está en el corazón mismo de la religión, en el sentido cristiano y originario del término. Los padres de la iglesia dieron un uso primerizo al término griego οἰκονομία  como la red de relaciones entre las partes trinitarias, y se puede equiparar la iconografía bancaria con otros tipos de iconos martiriales hasta el punto de postular, como hace Mondzain, que el propio símbolo del dólar proviene en realidad de la superposición de las iniciales de In Hoc Signo.  Pero no es nuestra intención establecer una ramplona analogía entre la psicología religiosa con objeto místico y una suerte de credo omnipresente de adoración al capital, pese a que hay multitud de ejemplos de que así es interpretado subconscientemente por muchos sujetos presos en ideologías colindantes, y uno de ellos ha sido citado en la referencia a Franklin y su devenir ético fundado en el aprovechamiento de posibilidades del bolsillo. Nuestra intención es más bien analizar el trasfondo estructural, si bien de proveniencia religiosa, que, creemos, sí está presente en la desvalorización y omnivaloración simultáneas que se expanden al paso del borrado de fronteras del que el capital es abanderado. Hablamos de que el capitalismo es, en cierta dimensión, consecuencia implícita del corpus de la religión, con la misma naturaleza paradójica sólo en apariencia con la que para Heidegger, en el plano epistémico-moral, la traza del nihilismo, que en cierto sentido es su homólogo epistemológico, se remonta a la fundación del pensamiento occidental en sí mismo, de la que es la sombra.

También en Heidegger encontramos, en sus reflexiones sobre la técnica como aletheia, una definición de la “instrumentalización” radical, que la tacha de mera causa-efecto, y, en efecto, un mundo en el que todo es instrumentalizable se manifiesta en una red reticular de causas infinitamente retroactivas que carece del principio jerárquico tradicionalmente exigido por la lógica a esta clase de estructuras. En todos los planos de la labor intelectual prima sólo la noción de canjeabilidad, sin que parezca haber un criterio que ponga en orden la red de intercambios. Pero en realidad si lo hay, implícito como estructura tras la estructura misma, y puede abstraerse hasta lograr una formulación que demuestre su condición de criterio activo.

Para aproximarnos a él ello acudiremos a un texto de otro Benjamin, de nombre Walter en esta ocasión, que se encuentra en sus Fragmentos Póstumos, donde reflexiona de forma implícita sobre lo que él califica como la “ambigüedad demoníaca” de la palabra alemana “schuld”, que viene a significar “deuda”, en un sentido de endeudamiento y al mismo tiempo “culpa”, en un sentido expiatorio y judicial. En este fragmento, de interpretación muy difícil y con frecuencia imposible, se califica al capitalismo de religión puramente cultual, carente de dogma o contenido específico, y que se basa en la “repetición del culto a la nada”, dándose a interpretar esta nada como la carencia de entidad propia que es cualidad fundamental del parné. 

Quedémonos con esta idea. Basar la sociedad en este criterio carente de contenido puede verse como una reiteración ritual del movimiento fundador del empedrado capitalista, la metafórica primera moneda, el metafórico primer ser humano comprado o la primera obra de arte vendida, pero es mucho más. Benjamin dice que el fin del capitalismo, y lo que garantiza su inextricabilidad al mismo tiempo, es el “endeudamiento” (o “culpabilización” en alemán) final de Dios, es decir, si mi interpretación no es errónea (a partir de aquí sólo podemos afilar la hermenéutica) algo así como el socavamiento definitivo de la noción de Dios como fundamento metafísico de todo conocer u obrar, cuya muerte conoció el vulgo en el anuncio de Zaratustra. Pero el movimiento intrínseco a la “deuda” impide un endeudamiento final, porque el sistema tiene como eficaz manera de nutrición autosostenible la proyección de endeudamientos puntuales que se proponen a largo plazo para obtener un beneficio que poder volver a reinvertir. Esta falta de cierre del círculo vicioso hace que un endeudamiento “definitivo” no sea lógicamente posible sin su propia asfixia. Esta tesis se puede extrapolar a la idea de que siempre existirá una búsqueda en los hombres tendente a este principio último, inagotable, que impedirá que la sociedad huxleyana donde es sustituido por respuestas prefabricadas proporcionadas desde la esfera comercial o administrativa sea completa, lo cual no quiere decir que, en su incompletitud, no pueda ser tan efectiva como para prolongarse en la eternidad. Aunque los mercaderes habiten el templo y tengan comprada y alquilada cada parcela, no podrán exterminar la anomalía psicológica de raíz, sino sólo a posteriori, operando sobre el cuerpo físico. Esto es lo que podríamos entresacar de la comprensión de la dinámica de endeudamiento, aunque yo no me atrevo a asegurar su veracidad ante los eventuales avances en la técnica de moldear el genoma y la corporalidad en todos sus aspectos y ante el hecho inherente al capitalismo de que el avance científico tenga sus fondos en el mejor postor.

La culpabilización/endeudamiento final de esta noción filosófica de Dios (nada que ver con el burdo antropomorfismo de su figura religiosa) se produce, como hemos visto, en su desvalorización económica, y en el plano expiatorio o judicial, en su “humanización”, acercándose más bien esta vez a la acepción de “culpa” tal como el cristiano la asocia a la noción de "persona" como separación del prosopon). Pero esta “humanización” de Dios, abstracción suma representada por una hegemonía monoteísta, existe ya, a nivel mítico, en el acto fundacional del propio cristianismo: la encarnación de Cristo. Dios “muere” para adquirir forma humana y campar entre los hombres, de tal suerte que lo que vemos en el capitalismo es una especie de reproducción simbólica a gran escala de este acto fundacional de minusvalía, trazado bajo el colorido de un determinado contexto filosófico y cultural. Y una reproducción simbólica del gesto primigenio es una reproducción ritual. La reproducción de esta desmejoría de la condición divina de Cristo ha sido repetida mil y una veces por el cristianismo, y, cuando el tiempo de mayor gloria de este ha pasado, ha sido sustituido por el utilitarismo liberal, el consecuencialismo liberal y finalmente el capitalismo liberal, que puede comprenderse como el salto de la consecuencia –que aún tenía la mayoría como prioridad- al beneficio. Otros argumentan su surgimiento, como hemos señalado, desde la mentalidad protestante, surgida de la mentalidad calvinista, que, nunca está de más señalarlo, se proponía a sí misma como movimiento en tanto que autentificación, purificación del pensamiento cristiano desvirtuado por el exceso católico. Es esto lo que puede comprenderse como la religión puramente cultual que opera en torno a la nada, aunque esté desnudada de todo elemento religioso visible. El cristianismo, que comienza con la irrupción de una esfera de negatividad en el seno de un Dios que antes fuera inaccesible, incorporablizable, inconceptualizable, culmina en la esfera de negatividad del ataque sistemático pero no declarado a todo lo que se relaciona con esta noción de fundamento de orden ontológico o teológico mediante la posibilidad de su puesta en mercado. Esta negatividad existe en todos los frentes: en la desigualdad social que resulta se genera una dimensión negativa de la posibilidad de la equidad de oportunidades básica como criterio de la sociedad homogénea y sin señores, aquella que un proto-nazi como Nietzsche anticipó con terror cuando hablaba de “la arena” del cristianismo y la democracia, en tanto que los sujetos quedaban relegados a granos insignificantes en una playa infinita. Pero al mismo tiempo, bajo esta supuesta carencia de criterio “democrática” (e “igualitaria”, por tanto) que origina la desigualdad, se mantienen reservados los puestos de mando en lo social gracias a lo indiscutido del dominio económico, con lo cual sólo se trata de un paso previo a la verdadera carencia de teología, estando esta concepción constitutivamente unida al viejo fundamento bajo una relación de parasitismo en todos los sentidos (empezando por su erradicación si sucediera la muerte del huésped) y proyectando la impresión de que lo estará siempre, de que se trata al fin de la ausencia de imposición en el orden de lo social.

Así pues, es necesario pensar esta negatividad desequilibrada y cómo se relaciona de forma paradójica con la opresión que en apariencia hace de homogeneizador. En las relaciones internacionales la negatividad media entre territorios, en ejes de subordinación articulados bajo el amparo de una estructura supranacional que se dice fundada en principios equitativos, lo cual de por sí es más que discutible, y sobre todo apunta sin alcanzarlos a los distributivos. Si concebimos la depreciación de Dios en el hombre como el principio fundamental no podemos evitar considerar que el sistema de producción capitalista es final, la desembocadura inevitable, insustraíble. Y, como se sigue del mismo hilo, como, en palabras de Benjamin, es “un parásito sobre el cristianismo”, como participa de su misma sustancia, se puede hablar de la misma dimensión que es más que religiosa, pero religiosa entre otras.



Hasta aquí la libérrima interpretación abstrusa de un texto abstruso que nadie excepto tal vez su autor sabe qué quiso decir, y que sin embargo contiene quizás el germen de una solución al estado de cosas al que se refiere. ¿Existen alternativas concebibles a esta lógica dominante? Las alternativas pasarían entonces, extrapolando en cierto grado lo estricto de la lógica utilizada, por fundamentarse no en el absoluto recompuesto, inefable, la ideología “completa”, en contraposición a esta estructura invisible del principio “herido”. Reavivar el moribundo en eterno último suspiro supone retornar a una organización resurrecta directamente religiosa, que no se reconoce como tal. Es el caso de las alternativas de extrema izquierda o derecha que, ignorantes de su propia herencia, no reconocen que poco a poco retornarán necesariamente al infatigable orden de cosas que combatieran, a la nueva explosión de suturas y consiguiente reapertura de heridas. Es el mismo caso, el del fascismo, el que se da en la explicitación de un proyecto político coherente, fundamentado y “absolutizable”. Se vuelve imperativa entonces, como se torna evidente poco a poco, la ausencia efectiva de un principio rector que se pueda preciar de tal posición, pero impidiendo que se construya nada que no surja del movimiento interno, para lo cual es necesario, en último término de paradojas, aspirar a una disposición del orden dado tal que se den las condiciones de surgimiento, y eso tiene por condición de posibilidad un menoscabo de la negatividad social surgida de esta dinámica cultual que venimos de destapar.




En bon français 
(...peut-être pas si bon)


La religion de nos jours

 La valeur donne un sens aux choses, et il est impossible d’oublier ce sens après. Lorsque quelque chose, quelque activité, quelque ressource ou même quelqu’un est taxé, ils auront une valeur spécifique pendant que le système où ils sont estimés soit basé sur l’estimation de ce genre de choses. Les valeurs peuvent changer ou fluctuer, mais on ne peut pas retourner à la situation qui précède à la « valorisation ». Rien n’est plus « incalculable » si l’on peut tout calculer, même si l'on ne calcule jamais.

Cela ne veut pas dire que la « valorisation » ait une fonction active, une « vie » en soi. Cette vie existe seulement dans la logique inexorable du système d’échanges dans lequel elle est inscrite, qui impose la nécessité de tout mesurer, et à tout fixer un prix. À l’avis de Martin Heidegger, «parler de “valeurs en soi” est ou bien de l’irréflexion ou du faux-monnayage ou les deux à la fois.» C’est-à-dire, la importance des valeurs n’est pas dans elles-mêmes, mais plutôt inscrit dans l’organisation humaine qui leur donne une signification. Cette organisation, qui s’identifie historiquement avec l’apparition de la démocratie libérale, est à la fois basé, au moins dans le champ économique, sur le principe que tout peut avoir une valeur, autrement dit, -et selon une autre formulation heideggérienne- que « toutes choses se valent » dans le cadre du commerce sans obstacles. Rien n’est donc sacré ou absolu, et le « tout se vaut » économique est devenu, à bout de comptes, un relativisme d’ordre moral ou épistémologique.

Weber a argumenté généreusement  que ce qui est dans le cœur de cette pensée « dévaluatrice » est la mentalité calviniste, mais il y a d’autres qui mènent encore plus loin l’approche du libéralisme économique à la religion. Les Pères de l’Église ont donné une utilisation débutante au terme grec « οἰκονομία » comme  le réseau de relations entre les parts trinitaires, et on peut comparer l’iconographie bancaire avec d’autres icônes de martyrs jusqu’au point de postuler, comme Mondzain, que le même symbole du dollar est en fait la superposition des initiaux d’In Hoc Signo. Mais il est très loin de notre intention d’établir une simple analogie entre la psychologie religieuse avec un objet mystique et une sorte de credo omniprésent d’adoration ou survalorisation de l’argent.

Notre intention est plutôt d’essayer d’analyser une autre analogie avec la religion qui est beaucoup moins explicite. L’objectif est de reconnaitre que le capitalisme est, dans une certaine dimension, une conséquence implicite de la religion chrétienne, de la même manière que pour Heidegger l’origine du nihilisme se trouve dans la fondation de la civilisation occidentale, avec laquelle il garde une relation de revers, d’ombre.
Pour mieux comprendre cela nous aborderons un texte de Walter Benjamin, où le penseur allemand réfléchit sur l’ambigüité -qu’il appelle « démoniaque »- du mot allemand « schuld », qui signifie au même temps « dette » et « coulpe ». Dans ce fragment, d’interprétation difficile (parfois impossible) le capitalisme est appelé  « religion purement cultuel », c’est-à-dire dépourvu de « dogme spécifique ni théologie »

On pourrait associer cette idée d’« absence de dogme » à l’apparente absence de « valeurs absolues » qui est indissoluble à l’hégémonie des valeurs relatives qui sont les valeurs d’échange. Le capitalisme, entendu donc comme le visage économique du nihilisme,  serait une pratique sans finalité explicite, une technique sans instructions, qui marcherait selon son propre mouvement « cultuel » interne et imparable.

Mais, poursuit Benjamin, la dette dans laquelle il est basé possède un but, même s’il n’est pas explicitement visible, qui consiste à d’aller « jusqu’au complet endettement final de Dieu ». Peut-être il faille comprendre ici l’ « endettement » comme dévalorisation, ou « possibilité d’endetter », d’échanger commercialement quelque chose en la faisant entrer dans le jeu des valeurs. Alors, il ne suffit pas que le système fonctionne en base à une succession de « dettes » de bourse qui affectent aux objets ou au propre argent, mais aussi a l’absolu, au premier fondement métaphysique qui est au-delà des objets, et qui est symbolisé par Dieu. Cependant, cet « endettement final» de Dieu est jusqu’à maintenant presque impossible à penser. Une possible interprétation de cette assertion est que, pendant que sa valeur soit encore absolue, sa dévalorisation sera inachevable et, par conséquent, cette dévalorisation sera toujours en train de se faire et ne sera jamais fini.

Après ces considérations, Benjamin dit que le capitalisme est depuis toujours le « parasite » du christianisme. On peut considérer que le premier brique de l’arrivage du nihilisme, à l’égard de la destruction du divin dans le sein même de Dieu, est l’incarnation du Christ sous la forme d’un homme mortel.
Cet acte constitutif du handicap est une avance de la reproduction symbolique  à grande échelle de la même dévaluation menée par le capitalisme. C’est comme ça, en gardant en tête cette idée de reproduction du geste primitif, que l’on arrive à entendre l’idée de « rituel » ou de « culte » au rapport au capitalisme.

Le christianisme est fondé depuis la conversion à la mortalité de Dieu dans la figure du Christ. Le culte chrétien a répété et souvenu symboliquement cet acte d’innombrables fois comme une partie de son liturgie. Si l’on accepte que la mentalité capitaliste est impensable sans l’influence du milieu protestant, il ne serait pas par hasard que le protestantisme ait toujours soutenu que son intention de régénération était l’approche la plus approfondie et précise aux textes bibliques et à la pratique chrétienne, la nécessaire purification de celle-là.

Le capitalisme est donc le dernier étage d’une sphère de négativité qui mène à bien l’attaque systématique -mais cachée-  à tout fondement d’ordre ontologique ou théologique en essayant à le mettre en marché. Nietzsche, celui qui Heidegger appelait le « dernier métaphysique », avait peur de ce qu’il appelait « le sable de l’humanité : tous très semblables, très petits, très ronds… » et croyait que les agents de cette conversion égalitaire seraient le christianisme et la démocratie, qui tueraient au même temps tout ce qui est beau et fort, ce qui a, selon lui, une « vraie » valeur en soi. La réponse nietzschéenne au nihilisme n’est pas assez cohérente, mais nous pouvons, en regardant le monde quotidien, trouver, nous aussi, que les anciennes valeurs sont toujours vivants et utiles, semble-t-il. Bien que tout ce qui était jadis intouchable et sacré soit aujourd’hui comparé –et comparable- aux ordures les plus vulgaires, il s’est révélé nécessaire d’avoir des valeurs (moraux), de croire à certaines vérités, pour entreprendre la tâche de transformer la société et en obtenir quelque chose de plus juste. Mais la propre subordination économique est en fait une hiérarchie de valeurs, même si elle ne favorise pas à ceux qui sont les « meilleurs » mais seulement à ceux qui ont plus d’argent. Il n’y a pas un « tout se vaut » dans ce qui concerne à la société et, bien sur, tout le monde n’a pas la même valeur réelle face aux moyens de production ou aux autorités. La culture, en outre, n’est pas le mélange indifférencié de l’absence d’absolus: on y trouve encore des hiérarchies, mais elle est dominée et menée par ceux que Hannah Arendt appelle « philistins cultivés » : des individus qui ont aidé à ce que « les valeurs culturelles furent traitées comme n’importe quelle autre valeur […] : des valeurs d’échange ». Les œuvres d’art sont utilisées comme une « monnaie » et les artistes les plus respectés et connus sont ceux qui vendent le plus.  Mais il y a une hiérarchie : qu’elle soit basée sur l’argent ou sur le vrai talent, elle est aussi très loin du « sable » indifférencié de Nietzsche.

On trouve des distinctions, des hiérarchies, des «négativités » dans la inégalité intrasociale, mais aussi dans les relations internationales, même lorsque les organismes supranationaux présentent théoriquement une aspiration à la redistribution du pouvoir politique et économique. On peut penser alors que dans l’essai du pure « endettement » de Dieu, qui, celui-ci, n’est au bout de comptes que l’Absolu, on trouve la puissance de créer des hiérarchies de valeurs  même au cours de la pure dévaluation. Qu’arrivera et comment on pensera après un hypothétique endettement « final », avec l’oubli de toute notion qui s’approche à celle d’un absolu, à la d’une valeur en soi, si cette destruction est possible et le Dieu éternellement blessé du capitalisme n’est pas la réitérée et apparemment interminable « fin de l’histoire », est l’un des principaux défis que la philosophie devrait essayer d’aborder. 
 .

miércoles, 24 de abril de 2013

Razones en la sinrazón, III






 Logo del Ministerio de Agricultura Nazi, en el que se incluye el famoso slogan “Blut und Boden” (sangre y suelo)


El nazi mira el mundo en el que vive y ve un páramo , un infierno gris de fábricas, gritos y suburbios, frente al verdor de los bosques y los granjeros, de los valores de la tierra y la pequeña comunidad espiritual de campesinos. Su búsqueda romántica es la de un mundo sencillo que probablemente no existió nunca, y el amor a una imagen de la patria que sólo está en su espejismo. Este amor a la tierra se ve reflejado en una gran preocupación ecologista. Desde el mismo año de su llegada al poder, los nazis instauraron el más amplio conjunto de leyes de respeto y conservación de la vida animal hasta el momento en la historia, incluyendo, verbigracia, la prohibición de las formas más hirientes de herrar a un caballo o cocinar una langosta. Jerarcas de la talla de Hitler, Himmler, Hess o Goebbels se impusieron un cierto vegetarianismo, y, Göring, como primer ministro de Prusia, amenazó a cualquiera que maltratara a los animales con ser enviado a un campo de concentración, y deportó, al parecer, a un pescador por cortar una rana viva para cebo.

El maltrato de los animales por parte de los judíos se veía ejemplificado en la importancia de la carne en su dieta y en el ritual de la shejitá, en el que se asesinaba ritualmente a los animales, aunque de forma poco cruenta, para que fueran aptos espiritualmente para el consumo (kosher). Del mismo modo, los judíos se consideraban en lo alto de la pirámide de esa ciencia descontrolada, absurda, irrespetuosa hacia la vida, que los nazis querían erradicar, y que tenía un símbolo muy poderoso en la vivisección, la cual prohibieron terminantemente (sustituyéndola en la práctica con la experimentación con seres humanos “inferiores”, sobre mencionarlo). La indudable superioridad intelectual que han demostrado desde tiempos inmemoriales los hebreos no resulta, pues, una objeción a su odio, ni les resultaría una sorpresa que, a día de hoy, por ejemplo, ese 0,2 % de la población mundial haya obtenido el 41 % de los premios Nobel de economía[1], el 26% de Física y el 27% de Medicina y psiquiatría. El fascista no aspira a esa clase de inteligencia que ve corrupta, a esa brillantez degenerada, y hace alarde de valores anti-cosmopolitas, de cerrazón intelectual, propaganda y eslogan vacuo y de entregarse y preocuparse sólo, de una forma casi obsesiva, del bienestar y la salud de su comunidad de “puros” (no olvidemos, por ejemplo, que los Nazis fueron los primeros que se tomaron el  bienestar de su pueblo tan en serio como para inventar cosas tan paternalistas para entonces como la primera legislación anti-tabaco de la historia).

El fascismo busca restaurar un Imperio que fije la geografía y pare el movimiento histórico (como pretenden a su manera la mayoría de imperios). Y creían que restaurar el dominio pretérito sólo era un objetivo realista mediante la conquista de todos los territorios en los que habitaran sus integrantes de sangre (que podían no estar encarcelados en un país), o bien la conquista de los pueblos esencialmente inferiores que no tenían derecho a la soberanía. Compartiendo el atroz militarismo y las ínfulas de expansionismo, de recuperar imperios perdidos y saldar deudas históricas, el nazismo, en este aspecto, era más realista que otras formas de fascismo, pues tenía claro qué posición debían de desempeñar los pueblos conquistados, en su gradación de lo humano hacia lo subhumano (Untermensch), en donde el judío estaba en lo más bajo del reino animal, junto a la rata (y superado con creces por el águila, el lobo o el cerdo, por ejemplo, todos ellos animales “nobles”). Tan pronto como el 19 de Mayo de 1943, Alemania era declarada “limpia de judíos” (judenrein), ya que la mayor parte de ellos habían sido apartados de la vida pública o deportados a territorios conquistados y Estados títeres, y allí  donde colocaran su bandera imperialista comenzaban ipso facto, con una celeridad y una prioridad inconcebibles dada la urgente situación de guerra, su política racial, cuyo resultado es por todos sabido (menos por Dios, al parecer).

Dentro de esta política se persiguieron en todos los frentes a otros colectivos de seres considerados inferiores, como los gitanos (otra etnia cosmopolita, desarraigada y errante), los homosexuales o la oposición de izquierda (ambos considerados fruto de los vicios de la sociedad contemporánea) y  credos religiosos como los Testigos de Jehová o los masones. En principio, estos credos guardan poco que ver con el ocultismo pagano, de influencia nórdica y racista que estaba de moda entre los gerifaltes nazis. Recordemos que los principios de la masonería son precisamente “Igualdad, Libertad y Fraternidad”, y que uno de sus fines es “el desarrollo espiritual” de la humanidad, y comprenderemos más claramente el por qué.   

¿Recordamos a cierto dictador también obsesionado con los masones? Creo que desde esta luz es inevitable entrever la genuina y refutada en ocasiones simpatía de Franco hacia una cosmovisión fascista, con todas las letras, pese a que ya se sabe que en lo  ideológico no era tan brillante como en lo militar y que, en la práctica, su régimen tuviera muchas particularidades que lo diferencian del otro fascismo europeo, debidas en gran parte a haberse prolongado en el tiempo cuando ya en Europa la era de sus ideas era pretérita y aborrecida.

Su férreo nacionalismo se encuadra en una legitimación emanada del “pueblo español” (aunque necesitó una guerra para que se diera cuenta) hasta el punto de oírlo afirmar no meterse en política, y vemos en los tópicos constantes de su discurso hacer oposición la misma serie de asociaciones dañinas para este pueblo hasta el final de sus días. Si el “dime a quien te enfrentas y te diré quién eres” lleva en política algo de razón, es un detalle muy revelador aquel que ejemplifica, como muchas otras, la siguiente frase de su última aparición pública el 1 de Octubre de 1975

“Todo lo que en España y Europa se ha armao obedece a una conspiración masónico-izquierdista, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece" [2]

Pero volvamos a la cuestión judía, que a Franco no debía preocuparle mucho pues su país fue históricamente pionero y exitoso en la historia de su deportación (aunque no se sustrajera a fomentar el antisemitismo bajo el pseudónimo de Jakim Boor en el diario falangista Arriba). Es digno de señalar, para finalizar, el antisemitismo de otro subversivo terrorista con mucho miedo al terrorismo: Stalin. No es el único ejemplo en un gobierno socialista (mírese la Polonia de Moczar), pero sí el más paradigmático. Si bien esta ideología no era en ningún modo una pauta estatal oficial,  sino más bien una emborronada tendencia personal, llegó a plasmarse en políticas oficiales. No queda claro si la idea de complot sionista era afín al marcado gusto por la paranoia de Uncle Joe, o si su abierto desprecio hacia los judíos –público ya desde tiempos de Lenin- era sólo una fobia adquirida sin raciocinio. En todo caso se potenció con los años, al ritmo de su temor inagotable a las conjuras, y, sobre todo, tras juzgar al Estado de Israel como lacayo de las políticas de EEUU, nación a la que los judíos estaban perpetuamente agradecidos, pues en ella habían podido, en sus propias palabras, “hacerse ricos y burgueses”. Ya en 1907 distinguía una “facción” judía de intereses capitalistas entre los bolcheviques. Esta sospecha culminó en 1953, año de su muerte (dañina y abundante es la senilidad en el poder), cuando fabricó la conspiración del Complot de los Médicos, según la cual médicos judíos pretenderían asesinar con tratamientos traidores a altos cargos del Partido. Los procesos se interrumpieron a su deceso y se reveló que eran una farsa.

Según George Steiner, cuya teoría sobre la psicología religiosa del Holocausto merece mi mayor recomendación (pese a que discrepo de ella en este punto pues creo posible una explicación más sencilla) este resentimiento se debe a que el judaísmo recuerda la utopía asesinada a los que la asesinaron. Y esa utopía enferma, que tilda todo lo que no escapa a su estrecha comprensión totalitaria de “burgués” o “enemigo del pueblo”, se ceba entonces en el culpable, su propio origen primordial, y lo cataloga con las mismas categorías disparatadas, incapaz ya de escapar a su penoso círculo vicioso. Como si el diablo hubiera olvidado que Dios existe, y ya hiciera lo que antes era el Mal sin luz, como un autómata. Y esta clase de Mal automático es, al fin y al cabo, exactamente lo que los alemanes querían producir en todas las generaciones futuras del planeta.

No obstante todo ello, esta característica que comparten el nacional-socialismo y el “socialismo en un solo país” (la cercanía nominal no es arbitraria, pero eso lo dejaremos para otro momento, cuando analicemos una joya infravalorada llamada nacional-bolchevismo) significaría al mismo tiempo su diferencia radical, pues equivalerlos por ello supone caer en una pobre comprensión del principio que los mueve. No deja de ser indicativo, pese a todo, que el exceso de utopía y su defecto compartan en su momento cumbre de la Historia una de sus múltiples fobias. 



[1] http://www.jinfo.org/Nobels_Medicine.html  http://www.jinfo.org/Nobels_Physics.html http://www.jinfo.org/Nobels_Economics.html

¿Quién acompasará a este quejío sin domesticar?


Por suerte,
siempre se presenta
una agazapada
gacela dispuesta
a recalentar la insoportable
ausencia perpetua de Beatriz.

Y, sin embargo,
nadie ni nada
apacigua la llamarada eterna
               [como una condena de mortal necesidad]
que crepita incesante
hasta destrozarme de cuajo...:

Pablo no está aquí 
y no hay suficientes chinchetas en el aire quebrándose. 

Pablo no está aquí 
y nuestro Rock 'nd Paul aún no explota los amplificadores.

Pablo no está aquí
y arrastrarme por Malasaña sin él
                      [como un quejío rompiendo el compás]
me está asfixiando. 

[Madrid
(Miércoles, 24 de abril de 2013)]

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Imagen cedida por Candy-Lou. 


martes, 23 de abril de 2013

Razones en la sinrazón, II

Primera parte




Se ha sugerido con frecuencia que los judíos eran simplemente el objetivo más fácil para focalizar la frustración del pueblo alemán: una comunidad cerrada, con rituales y modos de vida distintos, que debía cohabitar con una mayoría que los miraba con recelo. Si es inevitable que una comunidad sólo se pueda mantener unida en vigilancia ante la amenaza de un enemigo común, lo más efectivo es que aquel sea el que duerme a escasos metros de uno. A ese resentimiento se suma la envidia frente a la posesión de riqueza de la que efectivamente eran dueñas muchas familias judías, en tiempos de gran pobreza para el común de los alemanes. Pero quizás atendiendo a los motivos que el propio antisemitismo aduce se pueda clarificar el cuadro un poco más.

Entre esos motivos encontramos la tópica acusación de que los judíos aspiran a dominar el mundo desde la sombra, que obtuvo su formulación más duradera en los “Protocolos de los Sabios de Sión”, el más famoso e influyente libelo antisemita, aparecido  en la Rusia del siglo XIX. De cualquier modo, ya desde el Medievo se imprimían “libelos de sangre” contra la población judía, que los acusaban de cometer rituales en los que sacrifican a niños cristianos, pretendiendo emular el asesinato de Jesús. Todos coincidían en otorgarles un poder inconmensurable y diabólico, aunque fuera difícil concluirlo de la experiencia diaria, e inducían a la gente a actuar  en respuesta con la conciencia tranquila de quien se está defendiendo.

Uno de los motivos que más pasiones ha levantado siempre, y que revela el inmenso poder maléfico del que es capaz el pueblo de mosaico, es el de que han cometido la mayor de las aberraciones concebibles: la de asesinar a Dios. Y pueden verse como un pueblo que aún hoy, en su ortodoxia, sigue perpetuando su crimen mediante la negación de Cristo. Se resta entonces importancia a que Dios escogiera precisamente a un judío para su encarnación terrestre, que la inmensa mayoría de figuras bíblicas fueran judías y, sobre todo, se obvia del todo que los judíos eran mucho más poderosos que lo que se postula, ya que al cometer el deicidio  sólo estaban asesinando a su propia criatura. Porque también fueron los autores de Dios, al menos el modelo de divinidad que queda plasmado en el Antiguo Testamento y del que bebieron para sus propios monoteísmos tanto cristianos como musulmanes. Y no sólo fueron los artífices de Dios, sino también el origen de múltiples aspectos, manifiestos o casi imperceptibles, de nuestra cultura occidental tras haber sido vapuleada por el cristianismo tantos siglos.

Podría decirse que los judíos, al inventar a Dios, inventaron el tiempo. La concepción del tiempo en el mundo clásico, si bien no era exactamente cíclica como el de otras de culturas politeístas, no era lineal a la manera cristiana. Había devenir sin fin, había acontecimiento, pero el acontecer era inocente, no tenía signo ni positivo ni negativo. Me explico: no se explicaban los sinsabores por una culpa originaria presente en el hombre, no había que colocarse fuera del tiempo para juzgarlo e imaginar mundos posibles superiores. Lo que sucedía era lo único que había podido suceder, la naturaleza era lo que ha venido en llamarse un “límite de principio”, y, como nos muestran la Tragedia y también con frecuencia sus prototipos de sabio (que culminan en la escuela estoica), quien pretendía superar el límite y el sufrimiento que conllevaba recibía su castigo en forma de mayor sufrimiento.

Esto no implica que no poseyeran también sus teorías sobre cómo debían ser las cosas humanas, pero no las planteaban como una alteración del curso de las cosas hacia un final definitivo, sino, muy al contrario, como opciones para vivir mejor dentro de los límites de lo dado. No concebían la idea de que, una vez puestas todas en práctica, hubiera que dar la Historia por finalizada. Es gracias a la introducción de un momento en el esquema (el Juicio Final) en el que se pondrá a cada cual en su sitio y se clausurarán los días de mal y sufrimiento, como surge la posibilidad de una culpa en lo que sucede, la independencia de un “camino histórico correcto” que lleva al buen fin entre muchos que no lo son, y se puede narrar la historia como un relato con sentido en dirección a él. Es con el dogma del pecado original cuando el hombre se ve obligado a actuar para salvarse, por el mero hecho de haber nacido. Para el griego el “mal” pertenece al orden natural de las cosas, mientras que para el cristiano el mal sucede por infracción, existe la carencia absoluta de Bien, el error absoluto y la certeza absoluta de que lo que es debería ser de otra manera, jugándose en ello la Eternidad. Las modernas ideas sobre el progreso son herederas de esta forma de pensar. El Progreso, en este sentido, no es sino la secularización de la querencia hacia una agustiniana Ciudad de Dios en la Tierra, un intento de traer a este mundo la liberación en lugar de esperar a la muerte, aprovechando la contingencia del discurrir de los acontecimientos, que al no ser inalterables pueden ser tomados por el hombre. Ha de señalarse también que es decisiva la influencia judía en el desarrollo de las modernas ideas de emancipación, sirvan sólo como muestreo Marx, Engels, Bernstein, Bloch, Goldman, Luxemburgo, Trotsky, Cohn-Bendit, Blum, Butler, Friedan, Hoffman, Hess, Zinn, Bookchin, Alinsky, Chomsky, el kibutz…

El fascismo, frente a todo esto, es conservador en tanto que descree de cualquier forma de Progreso. Pero su conservadurismo es más extremo que el de las corrientes previas. No se quiere retornar a un punto anterior de la Historia en el que se sintiera cómodo, como siempre pretendieron los estamentos conservadores para recuperar sus privilegios o el “orden natural” del mundo. El fascismo niega a veces la importancia, por ejemplo, de instituciones comúnmente asociadas al Antiguo Régimen, como la Iglesia o la monarquía absoluta. Su conservadurismo va más allá. No se pretende gobernar a favor de los intereses propios o de una casta privilegiada, sino por y para la nación y la raza. Estas fuentes de la soberanía política beben en parte del nacionalismo y la soberanía popular, ideas extendidas por las revoluciones burguesas,  aunque se contraponen a la eterna marginalización de ciertos sectores de la población. Se persigue un cambio radical, una revolución reaccionaria que nos lleve muy lejos de la decadente situación actual, pero no se busca encontrarlo en un futuro hipotético sino muy atrás.

Los fascistas no aspiran a retornar a ningún momento anterior, sino a un tiempo mítico, anterior a la historia, que si bien muchas veces se ha asignado a un tiempo histórico (como sucedía con el Imperio Romano para los italianos) está mitificado, idealizado, ensalzado en una representación delirante hasta perder todo atisbo de irrealidad. Cualquier cambio desde esa Edad de Oro inaccesible se considera una degeneración. Esta es la antítesis de la idea judaica de historia como un progreso, de que el tiempo que pasa nos lleva en dirección a un final emancipatorio. Para el fascista el Absoluto no se encuentra sino en un pasado fuera de la historia que, si bien es por definición inalcanzable, se presenta como una exigencia. Su moderna inquisición está acompañada de un recio anti-intelectualismo, el culto a la acción espontánea, a la pérdida de la individualidad y la violencia fanática en pos de la causa, pues el intelecto puede descubrir su impostura y sólo sirve para crear nuevas soluciones y nuevos problemas que compliquen aún más el mundo. Su discurso no tiene sustancia, coherencia real, está, a juicio de Pere Bonnin, “lleno de palabras bombásticas huecas, una monumentalidad idiomática, un lenguaje de chirimía, bombo y platillo, donde las voces pierden su significado y su función comunicativa para convertirse en elementos retóricos-persuasivos de la grandeza del régimen”[1].

Cuando esta mirada sedienta de pre-historia se fija en la historia, cristiana en esencia, de Occidente descubre que el irrealizable principio de amar a todos los hombres como a uno mismo -que enunciara el más famoso judío-  lo único que ha traído es debilidad y degeneración, moral de rebaño, explotación. Descubre que la utopía es por definición irrealizable, y que volcarse a lo abstruso de un Dios (o una Idea) represor e inconcebible, es deshumanizarse uno mismo. Los judíos-comunistas-capitalistas-masones, dicen, nos mantienen idiotizados y culpables, creyendo en paraísos que nunca llegan, mientras en la práctica son los que desarrollan la execrable ciencia y controlan el poder económico del mundo desde las sombras. He ahí la aparente paradoja de que tanto el patrono como el revolucionario se usen como estereotipos judíos, pues tanto el banquero como el bolchevique son fruto de revoluciones en la búsqueda del progreso. Los fascistas abanderan entonces una “tercera posición” social, opuesta a la izquierda y la derecha tradicionales, y al liberalismo carente de alma. 

(continuará)



[1] Pere Bonnin,  Así hablan los nazis, 1973, Ed. Dopesa

lunes, 22 de abril de 2013

Razones en la sinrazón, I



El judío es banquero y bolchevique, avaro y dispendioso, limitado a su gueto y metido en todas partes. [...] La judeofobia es de tal naturaleza que se alimenta de cualquier manera. El judío está en una situación tal que cualquier cosa que haga o diga servirá para avivar el resentimiento infundado.»

Ernesto Sábato[1]



No hace falta recordar la ignominiosa trayectoria del pogromo a lo largo de la historia, ni es ese nuestro objetivo. Tampoco lo es abordar las manifestaciones del anti-sionismo en la actualidad, tema con muchas vueltas de tuerca desde la creación de Israel. Tratará, más bien, de esbozar un par de ideas generales y simplificadas hasta el absurdo, que es lo que este triste formato web agradece, sobre el origen mítico del odio hacia los judíos en el ideario de lo que viene en llamarse, con poco acierto, extrema derecha. A pesar de que el antisemitismo existe desde siempre, una misma idea puede tener distintas razones según quién la defienda y cuándo, y nos centraremos sólo en uno de los posibles inicios. Se me puede acusar de tomar la parte por el todo, pues dará la impresión de que sólo me refiero al movimiento nazi y su correspondiente espiral de catástrofe, pero he de recordar que el racismo y en concreto el anti-semitismo formaron parte en mayor o menor medida del discurso de la intelectualidad de derechas desde antes de la inspiración nazi, como sucedió en el que probablemente fuera el precedente más claro del fascismo, la Action française de Charles Maurras (monárquicos de la Francia de finales del siglo XIX que siguen pegando estampitas en las paredes de hoy, como un servidor atestigua con frecuencia). Sin haber comenzado la anexión de territorios por parte de Alemania, ya constaba en el ideario de movimientos “conservadores” tan dispares como la Guardia de Hierro, la policía zarista, la Liga Antisemita francesa, el reinado de Miklós Horthy o los Rexistas, por citar algunos. Una vez la contienda empezó, fascinados por el invasor teutón que los avasallaba, se multiplicaron los antisemitas, o salieron del armario preciando su condición. Los Estados títeres de los territorios del Eje no podían hacer ascos a un odio tan provechoso tanto para la política interior, uniendo al pueblo ante el enemigo único, como para la exterior, adheriéndose sin reparos al modelo alemán.

He de señalar, para empezar, que el fascismo originario, el de los camisas negras, no era aparentemente racista. Su nacionalismo era extremo, frente al universalismo del que acusaban al comunismo y al liberalismo, pero su concepto de “nación” se extendía a todos los italianos, sin distinción racial. No obstante, la legitimación de este nacionalismo estaba en el esplendor cultural de la Roma Imperial, y creían que el producto cultural de toda otra etnia era inferior, que había que aceptar por fuerza la grandeza pretérita y futura (más la decadencia presente) de Roma y renegar de los modos y tradiciones ajenos. Los camisas negras literalmente te asesinaban, como hicieron con el director de orquesta Lojze Bratuž, por resistirte a italianizar tu nombre. El nacionalismo radical no se puede tener en pie sin esa diferencia elitista, y de ella al racismo hay un paso muy pequeño, generalmente el paso de la apariencia al desvelamiento. De hecho, no hace mucho se ha descubierto en diarios de la amante de Mussolini que este manifestaba un fuerte odio a los judíos y el deseo de “destruirlos a todos”.

La legitimación del racismo provenía de un caldo ideológico en el que las teorías sobre las diferencias raciales eran moneda común. Desde el tratado del Conde de Gobineau, “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas”, en el que se explica toda grandeza histórica al influjo mayor o menor de la raza aria (concepto luego desarrollado extensamente por Houston S. Chamberlain, padre del pangermanismo), se armó una intelectualidad que pretendía basar científicamente el racismo. Los científicos y antropólogos comenzaron a hacer estudios comparativos para comprobar sus prejuicios raciales, siendo uno de sus productos más populares y duraderos la frenología , una pseudociencia aún estudiada hoy por algunos grupillos de iluminados, que se dedica a comparar la forma de los cráneos para determinar las cualidades espirituales y la personalidad, y que en su momento encontraba afinidades en, por ejemplo, los del negro y el simio. Ninguna ciencia se resistió a colaborar en esta empresa, y hasta la psicología empleaba su tiempo en someter a los mismos test a europeos cultos y a “salvajes”, confeccionados por y de acuerdo a las características de, cómo no, los europeos cultos. Voces disidentes, como la del antropólogo haitiano Anténor Firmin en su tratado “Sobre la igualdad de las razas humanas” (escrito en respuesta al de Gobineau) fueron ignoradas por muchos sectores hasta después de la Segunda Guerra Mundial. 

Se trataba una era en la que el racismo y la ingeniería social no era menor señal de alta cultura y refinamiento que otras tendencias. Que, como sabemos hoy, la diferencia entre razas no pueda probarse a nivel científico, que no exista la “pureza racial”, sino una serie de rasgos genéticos que no permiten igualar en realidad ni a dos individuos, y que esa clase de creencias tiendan a ser vistas como un símbolo de ignorancia, de la que muchos empero aún se precian, no era pieza infaltable en el dietario del sentido común de aquel entonces, y ambas partes solían reivindicar un humanismo bienintencionado. La diferencia entre los que efectivamente eran valores humanistas y los que no lo eran se hizo patente definitivamente tras la revelación de la ingeniería social de los nazis, que culminó en el Lager y las cámaras de gas. Muestra de ello es que el antisemitismo haya abandonado de un plumazo el discurso político mayoritario (por supuesto, no así todo racismo: el apartheid y sus defensores vivieron, por lo menos, hasta 1994, por no hablar del trato reciente a las minorías en Italia y Francia).

Otro fenómeno indicativo de este súbito “cambio” es el rápido descenso de la popularidad de los programas eugenésicos, que ya habían sido llevados a cabo en muchos países, entre ellos tierras de libertad publicitada como Estados Unidos, y conllevaban, entre otras cosas, la esterilización forzosa de los considerados ineptos para la reproducción (calificación obtenida por criterios tan neutrales como el de una “conducta sexual errática”). Si algo esclarecedor se pudo extraer del genocidio nazi fue el descubrimiento de que, pese a que muchos discursos se legitiman aduciendo un humanismo en tanto que redundantes en beneficio del género humano en su conjunto, muchas veces conllevan para lograr sus objetivos pasar por crímenes que la inmensa mayoría consideraría de lesa humanidad. Que hasta los defensores acérrimos del criminal no se atreven sino a negar. Hay que elevar el listón.

Sin embargo, pese a que muchas de estas ideas fueron abandonadas por su afinidad sustancial con las del nazismo, éste en sí no fue muy dado desde el principio a estas confusiones, pues en su ideario estaba plasmado el ferviente anti-humanismo, así como su ateísmo y su negativa a alcanzar un mundo en que todos los hombres pudieran vivir como iguales. Se podría discutir que los alemanes no concibieran qué forma tomaría este planteamiento de ser llevado a sus consecuencias últimas, pero no que el Holocausto podía darse: ya en 1919 aparecía la “extirpación completa de los judíos” bajo la pluma de Hitler . Si la Shoah nunca existió y esos millones de judíos desaparecidos viven ahora escondidos en su reino subterráneo, como parecen aducir algunos investigadores poco versados en metodología, pudo haber existido perfectamente bajo esa Alemania más que bajo ningún otro régimen de los que ha habido, y esta es más que suficiente condena.


Nada de ello quiere decir que a los nazis sólo los empujara a obrar el odio, que fueran sólo bestias insensibles; este se compensaba con el amor y un cuidado sin par al grupo de iguales, pero este grupo se reducía a una definición tribal. Y, si bien es cierto que sus medidas fueron acompañadas de una popularización de la ciencia racista, nada de esto indica por qué escogieron como objetivo principal al judío de entre todas las razas del mundo. Acaso el modo de vida tan distinto de las razas lejanas y “primitivas” de África o Asia pudiera conducir a conclusiones etnocéntricas sobre su grandeza o pequeñez, pero el judío, en concreto, era difícil, generalmente imposible, de distinguir del alemán si se lo proponía (sobre todo si no había pasado el Berit). Hoy día las justificaciones que daban ellos mismos nos resultan de una conspiranoia delirante. Individuos con las ideas tan tristemente claras como Heinrich Himmler afirmaban que el judío era indiscernible de las otras razas en lo mental o lo físico,  y que su diferencia era “espiritual”. ¿Cómo se tiene esto en pie?



(continuará)



[1][1]  Ernesto Sabato, «Judíos y antisemitas», revista Comentario nº 39, IJACI, Buenos Aires, página 8.

domingo, 21 de abril de 2013

¡El Rey ha muerto!

Hoy mi preocupante perfil de facebook y mi alma encuentran su primera similitud, aunque bastante tangencial.

Están llenos de agujeros.

Todos los enlaces del Cadalso se han caído porque el Cadalso se ha caído y ya, tras el tropezón patético de la web, no se volverá a levantar porque le dará cosa.  Más bien, como todos esos nobles gordos de Hinternet que buscaron contraejemplos a la ley de la atracción de los cuerpos, comenzará una nueva vida en una nueva ciudad.

Yo ya le ponía los cuernos con Alicia desde hace mucho. Cuernos eléctricos.

Por la presente se hace público. Agradecido a mis nuevos hospedadores y amos, decidí ofrendarles un ramo de rosas diario durante este abril.

En forma de entradas y primaveras.

Y no de las cortas.

Luego ya veremos.

Siempre hay algo en el tintero 
y aunque merezcas algo mejor
no digas que no a un "te quiero"
aun si le hiede la voz. 





sábado, 20 de abril de 2013

No vayas degollando gallinas

(A Úrsula, la astrocomerciante)


 Érase una vez un ermitaño que vivía en un acantilado. Lo cierto es que no vivía en toda la superficie del acantilado, pues no era un gigante, sino en una cueva que las fuerzas de la naturaleza habían excavado en su superficie, lo suficientemente alta como para que no le salpicara el mar embravecido y lo suficientemente baja como para poder sentir en su rostro la brisa marina de las mañanas. No tenía ningún contacto con otras personas, ni hablaba más que a las piedras, al mar y a las gaviotas, y aún eso lo hacía en susurros. En resumen, era un buen ermitaño. Todos los días salía a la puerta de su cueva, que daba al mar azul, cogía una caña con un larguísimo hilo que le había llevado en sus días una semana entera hilar, y pescaba o, como prefería él pensar, esperaba que el mar le recompensara con sus frutos, y luego se comía lo que pescaba. Por las tardes se sentaba a contemplar el mar y miraba pensativo a las gaviotas, y esto era lo que hacía en su día a día de ermitaño.  

Un día estaba pescando, pero hacía un viento fuerte y el extenso hilo revoleaba por todos lados, y el anzuelo acababa enganchado en todas las cosas menos en el violento mar: en las rocas, dentro de la cueva, incluso en alguna gaviota ocasional. Ya se temía que ese día poco tendría para almorzar cuando vio una sombra caminando hacia él por el pequeño caminito que llevaba a su gruta. Cuando estuvo lo suficientemente cerca se quitó la capucha y reveló una mirada de ojos fijos, que inquietó a nuestro ermitaño. Lo que más le inquietaba es que alguien hubiera llegado hasta allí. Hacía años que no veía a otras personas, aunque ese hombre de mirada fija bien podía ser algo distinto a una persona.

-Buenos días, compañero- dijo con palabras arrastradas el hombre de la mirada fija.

-Bu… buenos días- respondió nuestro ermitaño.

-Me ha sorprendido la tormenta, y parece que esto va a peor por momentos. ¿Puedo cobijarme en su cueva hasta que pase? Le pagaré si es necesario- dijo el hombre.

-No… no, no hace falta. Claro que puede cobijarse. Está usted en su casa- repuso el ermitaño, haciendo gala de una de las pocas virtudes que recordaba de los humanos gregarios, aquella hospitalidad ante el pequeño grupo de personas que no consideraban inferiores o peligrosas.

Los dos entraron dentro, y se sentaron en el suelo de la cueva. La tormenta se intensificó afuera. El ermitaño miraba a las gaviotas zarandeadas por el viento y la lluvia, que no había tardado en aparecer. Y ahí se quedaron, en silencio y sin mucho que comer salvo un par de raspas de pescado desperdigadas por el suelo. Tras un rato, el extranjero de mirada fija habló.

-Soy adivino entre la gente de mi pueblo. Como no soy capaz de parpadear, pues no tengo párpados, he desarrollado mi vista hasta niveles con los que los demás no pueden ni soñar –entonces el ermitaño se dio cuenta de que no lo había visto cerrar los ojos aún, o eso creía, y que parecían recubiertos de una superficie acuosa, como una capa de protección. El extraño prosiguió.- He logrado ver las cosas más cercanas y las más lejanas. Si concentro mi vista, puedo vislumbrar lo que sucede al otro lado del mundo, en los confines del planeta donde el océano se derrama al abismo. Pero también puedo ver lo que está tan cerca que no solemos ser capaces de percatarnos de ello, los fantasmas que nos circundan y atosigan en silencio, o los átomos de las cosas, que son las pequeñas bolas de luz de las que todo está compuesto. Pero eso no fue suficiente, y pronto me aburrí de ver lo que sucedía aquí y ahora. Entonces decidí orientar mi vista al pasado y al futuro. Eso me costó un poco más, pero con un poco de práctica fui capaz de conseguirlo, sólo requería un poco más de agudeza visual y de concentración. Predigo lo que va a suceder a mi gente, a cambio de que me proporcionen un lugar donde dormir y no me dejen morir de hambre. Suele ser divertido no dar toda la verdad, o llevarlos a paradojas de las que aprendan cosas. Pero a los reyes no puedo permitirme el lujo de engañarlos, y  tengo que emplear la adivinación más literal si quiero conservar mi cabeza – el extranjero sonrió- Y es más difícil, créeme. Abro una brecha entre lo que es y lo que será, y cada palabra con la que describo lo que veo me cuesta la vida y me expolia el alma. Es un abismo. Pero como me has cobijado y has sido hospitalario conmigo, estoy dispuesto a hacerte una sesión de adivinación.

El ermitaño había escuchado todo esto en silencio. Ni aun cuando vivía entre otras personas había confiado en los adivinos. Soltaban tal cantidad de vagas predicciones y mensajes confusos y crípticos que no era difícil que de cuando en cuando acertaran, pero eso no implicaba nada. Era cuestión de puro azar, un azar del que se beneficiaba su farsa. O, en el peor de los casos, alimentaba su demencia. Se preguntó de qué tipo era este. Prefirió no cuestionárselo mucho, por su propio bien. Al menos parecía sinceramente agradecido por su hospitalidad. Podía seguirle la corriente.

-Va.. vale. ¿Tengo que elegir qué quiero que me predigas?

- No, no – respondió el adivino, sus ojos como de pescado clavados en los del ermitaño- No funciona así, al menos no la adivinación verdadera. Yo simplemente miro, te miro, y te digo lo que hay. No sirve de nada que elijas qué te voy a decir, yo soy el único que puede.

-De acuerdo – respondió el ermitaño- Estoy listo entonces.

El extranjero se llevó el índice a los labios, y giró su cabeza  hacia la del ermitaño, poniendo sus raros ojos a la misma altura de los de él. A éste su mirada quieta y penetrante le resultó incómoda, pero al mismo tiempo sentía que no podía ni debía sustraerse a ella, porque algo, no sabía qué, ya había empezado. Los ojos del extranjero parecieron abarcarlo todo, campos, océanos, galaxias…

El extranjero retiró la mirada, y esto casi se oyó, como si arrastrara un gran objeto.

-Ya lo he visto. Y he visto que no estás ni has estado ni estarás solo aquí. Arriba, en la pradera verde que hay sobre este acantilado, viven mujeres. Mujeres de corazón verde. El color de su corazón es lo único que las diferencia de una mujer normal. Son seres de los que las fábulas de mi pueblo hablan largo y tendido, pero jamás hubiera adivinado que vivían en este acantilado, tan relativamente cerca de nosotros. Es decir, no lo hubiera adivinado si no lo hubiera adivinado – el extranjero sonrió.

-Y .. ¿qué dicen las fábulas de esas mujeres? – preguntó el ermitaño, cada vez más interesado y, en contra de su voluntad, confiado acerca de las facultades adivinatorias del extranjero.

-Dicen muchas cosas, son uno de los personajes más comunes de las historias que se cuentan a los niños a la hora de dormir. Se sabe que nadie, por más que lo intente, encontrará jamás su nido si ellas no se lo permiten, y para que se lo permitan tiene que haber enamorado a alguna. Tienen fama de traer la felicidad eterna a los que son dignos de su amor, y llevárselos a su nido, de donde no podrán salir jamás, pero vivirán en la mayor de las glorias hasta que la muerte les sorprenda. Y he visto que tú, más tarde o más temprano, tendrás la posibilidad de conocer a una de ellas. Aprovéchala, pues no se volverá a repetir.

Justo cuando dijo estas palabras, la tormenta amainó y la luz empezó a filtrarse por la gruesa capa de nubes.

-Bueno, es hora de continuar mi camino. Muchas gracias por el cobijo- dijo el extranjero, y salió de la cueva.

El ermitaño seguía sentado, cavilando. Así que el amor eterno y la felicidad absoluta.. No estaba mal. Se alegraba ahora más que nunca de haber huido de la sociedad de los hombres. Siempre había sabido que el amor lo encontraría en otro sitio. Pero eso de que la madriguera de las mujeres de corazón verde fuera inexpugnable no le ponía las cosas fáciles. Lo único que podía hacer era esperar.

Y esperó y esperó, y pasaron las semanas mientras le daba vueltas a la idea de su futuro encuentro. Hasta que cierto día, mientras trataba de pescar otro día tormentoso y de llovizna con su caña de largo hilo y ésta se hincaba de nuevo en todo menos en las aguas revueltas, apareció una figura en el caminito que llevaba a su cueva. Y esta vez era una mujer. El corazón de nuestro ermitaño dio un vuelco.

-Hola, me ha sorprendido la tormenta ¿puedo pasar dentro hasta que se vaya?- dijo la mujer, con una voz como de azúcar.

-Cla.. claro-respondió nuestro ermitaño, y la llevó dentro.

Y los dos se sentaron en el suelo de la cueva, justo donde se habían sentado el ermitaño y el extranjero hacía unos meses. La chica no hablaba. El ermitaño no se veía capaz de trabar conversación. En vez de eso fue, nervioso, hacia la parte oscura de la cueva, el fondo, donde tenía la cocina, es decir, un par de utensilios para cortar y quitar escamas y una hoguera.

-¿Quieres un poco de pescado?- preguntó

Esperó un rato la respuesta, pero la chica no respondió. Al ermitaño esto le pareció sospechoso. Todo parecía sospechoso. Hacía muchos años que no veía una mujer fuera de su mente y cada vez tenía más dudas acerca de que su corazón fuese de un color normal. Pero ¿qué podía hacer? Sólo esperar en la penumbra, mirándola. Ella siguió sin hablar el resto del tiempo.

Y pasaron las horas, y la tormenta no amainó, sino que, muy al contrario, siguió soplando, y precipitando, y haciendo chocar a las gaviotas despistadas. El ermitaño cada vez estaba más nervioso. La mujer de sus sueños podía estar allí delante, y él sin saberlo.. Quizás se iba y lo dejaba ahí en la cueva, solo de nuevo. Había comprendido que no podría volver a la cueva. Tantos años de aislamiento no le habían servido de nada, al fin y al cabo. O bien se iba con ella a su reino maravilloso, o bien se lanzaba al mar. No había otras opciones. Comenzó a acercarse a ella en la oscuridad, pero se contuvo. ¿Cómo descubrir que era una de las mujeres de corazón verde, de las que vivían en madrigueras y nidos allá arriba sin que él lo hubiera sabido, desde hacía cientos de años? El extranjero no había dicho nada al respecto, pero daba la impresión de que eran inmortales, como tantos seres de leyenda. Probablemente habría un pequeño número de ellas en el nido, pero serían las mismas desde que el tiempo era tiempo. Quizás eran hijas de algún dios.. o madres de él. Tenía tantas dudas, y todas ellas se las quería preguntar a esa mujer sentada a la oscuridad, levemente iluminada por la luz que entraba por la puerta de la cueva. Pero no encontraba las palabras, no se atrevía. Era la primera mujer que veía en tantos años... Pero no eran las sensuales formas bajo su ropa lo que quería ver en ese momento, sino lo que tenía bajo el pecho. Tomó una resolución. Si eran inmortales o no, al menos, lo iba a descubrir pronto. Cogió un cuchillo de cortar pescado y se aproximó a la chica. Ésta no lo vio hasta que estuvo demasiado cerca, y casi no le dio tiempo a gritar cuando notó en su pecho un filo hincándose y practicándole un orificio justo encima del corazón.

Ahora pensaréis que sí que tenía el corazón verde, como en otra fábula, pero que murió y, por tanto, el ermitaño había asesinado a la mujer que le iba a traer la felicidad eterna y definitiva. Y fin de la historia. Pero no fue así...


Sí que murió, pero no tenía el corazón verde. Era tan rojizo como cualquier otro corazón, revelando que aquella chica era, al fin y al cabo, una humana normal. Nuestro ermitaño se sintió terriblemente culpable cuando la vio desplomarse delante de él. Acababa de asesinar a una chica inocente, con toda una vida por delante. Sentía el mal latiendo en sus manos, pero no era la primera vez que hacía algo así. Por algo había huido de los hombres, aunque quisiera ocultárselo y no pensar en ello nunca más.

Así que, como había aprendido hacía muchos años, recogió el cadáver y sus ropajes, y los cargó al hombro. Fue a echarla por el borde del acantilado. Nadie sabría que estuvo esa noche ahí, probablemente había desviado bastante su camino para ocultarse en las grutas de aquel acantilado, que era uno de los pocos sitios que permitían cobijo de los que estaban a la vista. Y el cuerpo sería pasto de peces. Por lo que, pensó sombríamente nuestro ermitaño, también sería pasto suyo indirectamente. Se apresuró a tirar el cuerpo por el borde riscoso. Cayó al agua de pie. Luego volvió a su cueva, y trató de limpiar la sangre.

Mientras limpiaba vio que la túnica de viajero se le había caído al cuerpo cuando lo llevaba afuera. La recogió para tirarla, y al hacerlo se le cayó un papelito al suelo. Tenía un dibujo de un corazón rojo, y estaba muy doblado. Al desdoblarlo descubrió que era una carta de amor destinada a él, y que la chica había viajado cientos de millas andando sólo por encontrarlo, desde una ciudad lejana. Le proponía construir con él una casita y vivir en ella el resto de sus vidas, hasta que fueran viejos y les sorprendiera la muerte. Olía a perfume y estaba mojada por sus lágrimas de emoción.

El ermitaño, al leer esto, hizo del mar su lecho.
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