miércoles, 30 de enero de 2013

La flauta de Pan: Análisis en profundidad de una canción, I - Don Pepito









Todos conocemos esa canción y la ponemos como mínimo un par de veces a la semana para recordar mejores tiempos.

Hoy vengo a mostraros que esta cantinela, a primera vista una mera agrupación de absurdeces hilarantes sin ninguna totalización de sentido trascendente, es mucho más profunda de lo que habitualmente se cree, y no sólo profunda, sino también bastante misteriosa, y encierra múltiples significados que salen a la luz a si se aplica a ella un análisis mínimamente exhaustivo y algunas herramientas conceptuales. Se recomienda vivamente leer el artículo con ella puesta como hilo musical de fondo (entre otras cosas, porque puede ser la última vez que el lector la oiga con los mismos oídos) ¡Cliquen! ¡Cliquen!

Empecemos, antes de pasar al análisis de cada verso, por un par de aclaraciones previas.

“Hola, don Pepito”. “Hola, don José”.

Ya en estas líneas iniciales hay mucho donde rascar.

Creo, para empezar, que salta a la vista que, de ser los dos únicos datos que nos suministraran  y siendo forzados a sacar alguna conclusión que fuera más allá de lo literal, sólo podríamos deducir de “Don Pepito” y “Don José” que parecen encarnar una personificación de dos entidades presentes en lo mismo. Puede que sean dos atributos de una misma sustancia, o dos conclusiones de una misma premisa. ¿Por qué es esto casi evidente? Porque “Pepito” resulta el diminutivo de “Pepe”, que es una forma coloquial de llamar a José (debido a la abreviación de la expresión “Pater Putativus”, con la que se refería en el Medievo al José bíblico. Del mismo modo, Paco viene de “Pater Comunas”). Aceptemos esta hipótesis como un viable punto de partida.

¿Qué hace que se le asigne a uno de ellos un diminutivo? ¿Qué diferencia de grado existe entre uno y otro como para establecer esa distinción? Dado que el nombre originario es “José” el lector convendrá conmigo en que, en caso de representar ambos nombres distintos aspectos de una misma cosa, este tiene más papeletas de ser el que apunta a la faceta más normal, inalterada, fija o constante.

En Don Pepito encontramos, pues, una doble desviación: la primera hacia el hiporístico “Pepe” y la segunda de “Pepe” hacia su diminutivo sufijado en “–ito”. ¿Qué representa realmente esa alteración nominal que constituye el nombre Don Pepito? ¿A qué incógnita hará referencia este nombre? ¿Será el hijo de José, llamado como el padre en una de estas tradiciones familiares que se remontan al José bíblico? Esta tesis es jugosa, pero se viene abajo por el uso del título de cortesía “Don”, poco habitual en el trato paternofilial.

Enfrentémonos al análisis pormenorizado de los siguientes versos, una vez habiendo establecido que “Don José” y “Don Pepito” pueden posiblemente ser partes de una misma sustancia, distintas facetas de lo mismo que sólo se escindiría en dos si la filtráramos en virtud de una lógica teórica o metafórica.

“Eran dos tipos requetefinos, eran dos tipos medio chiflaos”    

La primera aseveración nos fuerza a introducir nuevas perspectivas en nuestro enfoque. “Requetefinos” puede suscitar en primer lugar la impresión de que se trata de dos tipos muy refinados, pero, si nuestra premisa de que no son dos tipos sino una unidad es correcta, seguramente tenga mayor profundidad. Si presuponemos que se trata de una sola entidad individual, su par de manifestaciones sólo podrían compartir en un sentido metafórico la característica de “refinamiento (requetefinamiento) equivalente tanto en uno como en otro”. Nos referimos, por supuesto, a que lo único, a nivel de distinciones ontológicas, que podemos deducir (sin equivocarnos en la asignación de significaciones variables: ¿refinados según qué criterios dados?) es la igualdad ontológica de ambos términos en su equivalencia, es decir, de que son cualidades diferentes que ocupan puestos respectivos el uno con respecto del otro. Todo lo demás es arriesgarse demasiado pronto. Su “refinamiento” se reduce, entonces, a “afinamiento”, “definición”. Su distancia queda, entonces, nítida ante al análisis, lo cual no contradice nuestra premisa de que son dos aspectos netamente divergentes de un objeto.

Una vez que hemos establecido esa divisoria tajante, podemos tomarnos la segunda afirmación (eran dos tipos medio chiflaos) con mayor literalidad. Si tratáramos de verla desde la óptica de la “definición de la diferencia”, como en la anterior, no seríamos capaces de concluir sino otra equivalencia esencial desde el eje del mencionado esquema dualista. Pero, a diferencia de “fino”, “chiflao” es una cualidad que sí nos puede ayudar, si es abstraída de sus groseras resonancias pueriles, para operar a este nivel tan fundamental del discurso que ahora ocupamos (y que, no desespere el lector, será gratamente satisfecho con la prolijidad de resultados).

"Refinado”, pues, no nos dice nada si ambos, Pepito y José, son los únicos elementos del universo de discurso, ya que un significante vago con tantas posibles connotaciones como “refinamiento”, en una u otra acepción, no va acompañado de un “no refinamiento” con el que compararse, por lo que queda bastante indeterminado y oscuro. “Chiflao”, empero, sí implica necesariamente una desviación desde un paradigma dado de normalidad, si lo abstraemos suficientemente: implica necesariamente una desviación de un referente externo a los chiflaos en sí, de alguna suerte de “cuerdo” en abstracto, de un ideal de “cordura”, incluso. En el mundo todos los individuos podrían cumplir todas las características que supuestamente identifican a un “refinado” (podría no haber gente "burda" u "hortera") pero no todos podrían ser “chiflaos”, pues la locura sólo tiene sentido si hay algo con qué compararla. Esta clase de diferencia con respecto a un referente es a lo que, según deducimos, apunta la metáfora. El hecho de que ambos estén desequilibrados igualmente y quizás en grado similar nos impide sacar la precipitada conclusión de que la explicación de la transformación lingüística de José en Pepito se debe a una acusada degeneración o rareza por parte de Pepito con respecto a José. Aún no podemos dar nombre a la línea que los separa, aunque suponemos que existe. Parece que son ambos los que padecen ese extrañamiento, esa suerte de desviación, pero hemos de notar, sin embargo, que se nos refiere el tiempo verbal en pasado (“eran dos tipos…”) y que ahora pueden no sufrirlo.

“Eran dos tipos casi divinos”

Esto supone un mayor esfuerzo interpretativo. ¿Querrá referirse a una cualidad sobrenatural que ambos contienen? De nuevo se nos impide trazar una divisoria desigual entre ellos, de nuevo lo que tiene uno lo tiene el otro. ¿De qué es metáfora la cualidad de divinidad? ¿Acaso Don Pepito y Don José son omnipotentes? ¿O más bien simplemente son modos de Dios a la manera spinoziana? Creemos que es más sencillo que todo esto. Simplemente se trata de subrayar ahora no sólo su carácter metafórico, sino también su carácter inmaterial, su cualidad etérea. Señala que no se refiere a dos entidades materiales diferenciadas, como se habría podido postular hasta ahora, sino a dos modos, dos abstracciones o seres espirituales cuya relación tiene que dar al análisis la llave para comprender una entidad de un nivel menor de abstracción, de menor sobrenaturalidad o irrealidad, que sería la entidad que andamos buscando.

“Eran dos tipos desbarataos”

Se incide en la misma idea que la segunda línea (“eran dos tipos medio chiflaos”), pero introduce una noción inmanente de “desorden”. Su “chifladura” no muestra entonces la forma de una lógica diferente a la usual, así como tampoco se refiere a una enajenación de un sistema dado que pudiera pasar por normal, sino que apela a algo caótico, autodestructivo, cuyo trastorno salta a la vista  y es manifiesto. Nuevamente ambos poseen esa cualidad, lo que hace pensar que quizás, más que de ambos objetos independientemente, el desorden pueda surgir de la relación que mantienen entre ellos, estando las dos entidades plenamente ordenadas en su singularidad. Quizás la razón del "desbaratamiento" sea que ese límite fronterizo que hemos mostrado entre ambos resulta en esencia enfermizo.

“Si se encontraban en una esquina, si se encontraban en un café”

Los puntos de encuentro mencionados no nos deben de servir más que como metáforas de otra clase de nodos relacionales que no necesariamente deben juzgarse como ubicaciones físicas. La “esquina” como metáfora sugiere la idea de “filo”, de “borde”, de encuentro en un punto tenso, o junto a un abismo (abismo que sería lo que está bajo ella –la esquina de una mesa, de un precipio- o frente a ella –la esquina entre dos calles).

Asimismo, el concepto de “esquina” puede traer a colación la idea de “punto ciego”, de un encuentro en un lugar que esté escondido o sea inaccesible de cara a un tercero (¿don Pepazo?). Tenemos, por tanto, que el encuentro entre estos dos señores es tenso y quizás se produzca a instancias de un tercer objeto (lo que está al otro lado del “filo”). Sólo cabe preguntarnos qué motiva esta tensión u ocultamiento, y si proviene de uno o de ambos. Si se nos forzara a responder, y dados los datos que de momento poseemos, sólo podríamos apuntar a la degradación lingüística que experimenta “Don Pepito” como señal que lo hace sospechoso de introducir otras fuentes de degeneración en este universo de discurso (“degeneración” en un sentido amplio de “distorsión respecto a un modelo que es el caso”).

Con respecto al “Café”, podemos trabar una antítesis con respecto a “la esquina”, en el sentido de que donde antes se nos ofrecía un lugar poco dado a encuentros, un lugar de paso, quizás oculto, ahora se nos responde con la comodidad de un espacio diseñado para reuniones y entrevistas interpersonales desde sus orígenes sobre el año 1550 en Estambul (cuando servía de punto de reunión de los varones). La intención tras la tensión entre ambos conceptos elegidos -“cafetería” y “esquina”- pudiera ser querer generalizar que, pese a que una malinterpretación demasiado literal de la canción puede indicar lo contrario (realmente en ningún punto se explicita una cosa o la otra), Don Pepito y Don José se encuentran continuamente, no sólo de forma esporádica y fugaz, sino que en cierta medida cohabitan independientemente de las circunstancias, tanto en café como en esquina, tanto en los escondrijos como a campo abierto, tanto en la salud como en la enfermedad.

“Siempre se oía, con voz muy fina, el saludito de Don José”

De nuevo nos encontramos con la “finura”. Si antes la hemos desviado conceptualmente hacia “delimitación” o “claridad”, es aún más obvio que aquí a la claridad y elegancia comúnmente asociadas al término se suma un sentido de la finura más cercano a sus séptima y décima acepciones de la R.A.E (“agudo" -sentido-, “muy depurado o acendrado" -metal-). ¿Por qué se erige un saludo diferenciado y claro por parte de Don José? ¿Acaso acaban de encontrarse literalmente, y no era una pura alegoría lírica su encuentro? ¿No cabe la posibilidad de un aullido estremecedor, un agudo grito de ave de presa en “el saludito de Don José”? ¿No contradice cualquier clase de saludo por su parte la proposición de que posiblemente vivían ambos eternamente en contacto, que ni José se podía librar de Pepito, ni viceversa? No es necesariamente cierto esto último: el hecho de que José se haya dado cuenta ahora de Pepito no significa, en efecto, que no viva con él (y no es del descubrimiento de la homosexualidad de uno de ellos de lo que estamos hablando... no del todo.)

En efecto, aquí llega el meollo de la cuestión, y es que, para mantener todos los resultados que se han ido entresacando o intuyendo es necesario considerar que Don Pepito había pasado desapercibido para José, pese a estar ahí, hasta el momento de su saludo (o, más precisamente, de su entrada en el campo visual de José, que precederá al saludo). ¿No es llegar a conclusiones insostenibles con tal de sostener una serie de razonamientos previos que quizás estuvieran equivocados de raíz? ¿Tan mala vista ha tenido el pobre Don Pepito todo este tiempo?

No si consideramos que Don Pepito no es que haya sido pasado de largo, sino que es inconsciente, o aún más, es el subconsciente de Don José.

Esto aclara por qué su nombre es algo así como una inversión, una alteración del nombre propio de José. Pero, en lugar de solucionar el problema, surgen muchos problemas más.

Para empezar, si algo es inconsciente/subconsciente (aquí los he usado como sinónimos, como hizo Freud hasta que optara por “inconsciente” para unificar la terminología), no puede, por definición, hacerse consciente, como parece haber sido el paso con Don Pepito y Don José, ya que si lo hiciera sería llanamente “consciente”.

Esta objeción sería correcta si entendiéramos a Don José como un sujeto individual e independiente (provisto, como todo ser humano, de inconsciente, yo consciente y superego). Y sólo lo es en el plano de la metáfora, en la cual un individuo (Don José) se encuentra con otro que simboliza su reverso oscuro, sus pulsiones y deseos ocultos (Don Pepito). Hemos negado desde un principio que se trate en la realidad de dos individuos aislados. Si consideramos que don José es algo ante lo que se ha manifestado el “Ello”, descubrimos que sólo existe una cosa con la cual, por definición, el “Ello” tiene contacto: el yo, pero el yo en tanto que mediación entre ello y superyó, como categoría teórica que expresa el flujo y la relación de las instancias psíquicas, y no como la conciencia que de sí mismo tiene el sujeto (tema, relacionado con la idea de “representación”, a tratar más adelante).

Así pues, nuestro esquema teórico está perfectamente ensamblado, e incluso, con la introducción del modelo tripartito, hay un receptáculo al que pueden arrojarse todas aquellas intuiciones, sugeridas por el romántico “encuentro en la esquina”, sobre una entidad ante la que el yo y el Ello prefieren ocultar o hacer fugaz su trato: El Superyó vigilante, que antes denomináramos “Don Pepazo”.

No obstante, no acaba aquí toda la profundidad del asunto, entre otras razones porque a la canción le quedan aún bastantes versos, que servirán de contrastación o invalidación de las hipótesis aquí expresadas.

-Hola, Don Pepito
-Hola, Don José
-¿Pasó usted por mi casa?
-Por su casa yo pasé
-¿Vio usted a mi abuela?
-A su abuela yo la vi
-Adiós, Don Pepito
-Adiós, Don José

Estas últimas estrofas (el resto de la canción lo constituye una repetición de lo ya dicho) no hacen más que darnos la razón de forma contundente y ahondar en terreno puramente psicoanalítico.  Tras los respectivos saludos, previos a la mediación “ello-yo”, don José pregunta a don Pepito si éste pasó por su casa, y el segundo reconoce haberlo hecho.

¿Cómo representar o descifrar esta “casa” que ahora se nos manifiesta? Hemos optado por no abandonar el plano metafórico (ya que en ningún punto la canción parece hacerlo) y recurrir a los textos originales de Freud, buscando algo que se pueda asemejar en algún aspecto a la idea de “casa”. No nos ha hecho falta buscar mucho, ya que parece que él mismo usó esta misma metáfora.

En efecto, una de las frases más famosas de Freud hace referencia a que el Yo, pese a creer que lo domina y controla todo, no sabe que hay fuerzas que escapan a su alcance, y que le afectan directamente (las pulsiones que expresa el subconsciente).  Lo formuló diciendo “El yo no es dueño y señor en su propia casa" 1

De ahí se deduce que presenciamos un momento en el que Don José, fundadamente, ha intuido que el inconsciente que encarna Don Pepito es más ubicuo de lo que pensaba, y decide interpelarlo personalmente, a lo que este reconoce que sí, que “pasó por su casa” (esto es, que determina los aspectos que afectan a la vida psíquica de don José sin que él advierta la envergadura de su actividad).

Un momento como este, de dramática revelación, representa la toma de conciencia de un sujeto, un individuo, de la relación entre “su yo” y “su subconsciente”. Si esta comprensión es tan amplia y terminante como parece, es muy plausible que se trate del resultado de una cura psicoanalítica, de la sanación de un paciente analizado previamente (probablemente durante mucho tiempo). Esto explicaría que este instante glorioso vaya acompañado de la revelación de otros elementos de clara significación psicoanalítica.

En efecto, nos referimos a ese antecedente familiar encriptado como Abuela. La literatura psicoanalítica está llena de referencias a la trascendencia del ascendiente familiar, especialmente de la Madre, en las etapas de la sexualidad infantil y el desarrollo evolutivo del niño. La abuela, no obstante, carece en origen de semejante trascendencia. ¿Debemos interpretar que se refiere a una abuela literal (madre del padre o de la madre), de una abuela que se ha “cargado” de la significación de una figura más básica, o también es esto una metáfora?

Por la coherencia de nuestro sistema nos inclinamos a pensar esto último, ya que en cierta medida rompe los límites de esta lógica onírica o poética el hecho de que una abstracción teórica tal como es “el yo” (don José) posea una abuela en un sentido puramente biológico. ¿Qué pasaría si se refiriera a la Madre del sujeto, salvo por que este (el sujeto) es encriptado aquí como una especie de “padre” de esas entidades-hijas-subordinadas que son Don Pepito y Don José? En ese sentido, la madre del sujeto que contiene a estos dos personajes sería referida coloquialmente, en boca de un hijo simbólico, como “nuestra abuelita”. Nos vemos obligados a tomar este punto de vista por no encontrar ninguna racionalidad en el hecho de que categorías como “yo-consciente” o “superego” tengan abuela o cualquier clase de antecesor familiar, y por considerar en extremo enrevesada las otras posibilidades.

Así pues, se debería tratar de la Madre del sujeto, aunque en el plano de Don Pepito y Don José se la apoda “abuela”. Ahora debemos aclarar brevísimamente uno de los aspectos más importantes de toda la teoría del psicoanálisis.

Entre los 3 y los 6 años, se desarrolla en el niño la fase fálica, que contiene lo que ha dado en denominarse  “Complejo de Edipo”. En esta fase surgen las caricias masturbatorias y los tocamientos rítmicos proveen al niño de una sexualidad desapercibida e indirecta. Cuando empieza la fase, el niño cree que todo el mundo tiene un falo y siente deseos sexuales hacia su madre, pero al descubrir que esta no posee falo se ve abatido por un complejo de castración, abandona su atracción por la madre y se refugia en el padre. La niña, por otro lado, cree al principio que de su clítoris aparecerá un pene pequeño, pero al advertir la ausencia de pene en las mujeres adultas desarrolla lo que viene a llamarse “envidia del pene”, que se satisface mediante la voluntad de tener el pene dentro de sí de muchas maneras, que pasan por la ninfomanía o la maternidad (esta última es una forma simbólica de tenerlo).
En ambos sexos esta etapa culmina con la introyección de la figura paterna en tanto que Superego, es decir, en tanto que código moral e instancia que enjuicia y determina los actos del sujeto (entendiendo por estos actos la regulación de las exigencias del ego). Una mala resolución del Complejo de Edipo (el personaje mitológico de Edipo mató a su padre y se acostó con su madre sin quererlo ni saberlo) puede generar muchos de los desórdenes psíquicos que la psicología ”oficial” considera dados por causas más anodinas.

A la luz de esto, la apelación a la abuela-madre indica que, en este caso particular (dado el nombre de José probablemente se trate de un sujeto varón), la mala conducción de la energía psíquica fruto de la atracción y posterior repulsión por la madre que se produce en el niño haya sido el origen de un comportamiento psíquico trastornado sin identificar, y haya constituido el núcleo de un conflicto afectivo que ha llevado al pobre José a buscar al psicoanalista, habiéndolo este ayudado y guiado en el proceso de curarse definitivamente del trauma (de cuya resolución el autor de este artículo se siente feliz).

Tras la alegórica despedida (uno no puede pensarse psicoanalíticamente todo el rato), la canción, en la mayoría de versiones, se dedica a reiterar las estrofas anteriores, como en un mantra que aspira a vislumbrar una realidad superior mediante la mera repetición. Finalmente, suele aumentar el tempo y la intensidad, cual baile tribal de espiritualidad ritualista (se me vienen ahora mismo a la cabeza los ritos posesionales del vudú haitiano).

Hemos de añadir, para terminar, un par de palabras no sobre el contenido, sino sobre la manera en la que está representado. La noción de representación, en su sentido más schopenhaueriano, no es para nada incompatible con la teoría analítica: el sujeto en su desconocimiento de los verdaderos motivos (psicoanalíticos) de su malestar, origina teorías causativas que no se corresponden con la realidad, es decir, genera cadenas causa-efecto que están mal orientadas y fundamentadas (y junto con él toda la psicología tradicional, en aquellos casos en los que el psicoanálisis reclama su participación—pese  que la mayoría de psicoanalistas coinciden en que sólo puede reclamarla analizando la situación individual concreta durante cierto tiempo). El cuadro erróneo que uno mismo pinta sobre su propio trastorno, las explicaciones ingenuas y desencaminadas que ofrece por culpa de ignorar nociones como la de Envidia del Pene, constituye la representación que el sujeto confecciona para sí de su propio mal.

¿Y qué hay más ligado a la representación que un circo?

En efecto, el diálogo que se produce en el estribillo entre payasos y niños sirve de ejemplo visual de cómo uno elabora y se repite el origen creído de la disfunción, por mucho que esta sea errónea de raíz y pudiera resultar muy diferente si el sujeto tuviera conocimientos de psicoanálisis. Los niños representan esa inocencia, esa ignorancia sin mala intención, y los payasos esa comicidad, esa triste ridiculez de asignar causas –casi siempre de acuerdo con el superego (conciencia moral, serie de valores) y sus mandatos, sin ser consciente de que es posible que el problema radique precisamente en la constitución de ese superego bajo esa forma concreta. Es un espectáculo de repetición del error (todas las noches los payasos lo representan ante un público distinto) patético, circense, si lo juzga un entendido en estas cuestiones, pero que sin embargo inspiraría compasión en cualquiera. Es muy elocuente el modo de hablar de Gabi, Fofó, Miliki y Fofito, y especialmente en el estribillo, en el que uno de ellos hace las veces de Don José y pregunta al público (involucrando en su maligno juego a niños desconocedores, inconscientes de la farsa, para que adopten el rol de lo inconsciente-Don-Pepito) con una voz grotescamente chillona, para nada “requetefinada”. ¿Por qué ese timbre?

¿No es precisamente de Complejo de Castración de Don José de lo que estamos hablando? ¿Qué otra cosa puede emular al Castrado mejor que esas voces de pito, y ese amaneramiento de llamarse repetidas veces a sí mismo, en tercera persona, "refinado" o, ya en un tono más estereotípico, "divino"?

Nos queda el consuelo, ante esta terrible y grotesca representación del círculo vicioso de la  enfermedad y la continuación de ésta mediante la ignorancia de sus verdaderos orígenes, de que aquel José primigenio del que habla la canción, aquella alegoría que refiere el texto, sí que se curó en su tiempo mítico. El hecho de que siempre se refiera a “ellos” en pasado (“eran dos tipos…”) nos recuerda que siempre está abierta para uno la posibilidad de percatarse, y sanar si simplemente se presta buen oído a las señales.



[1] Sigmund Freud, "Una dificultad del psicoanálisis" en Obras Completas, Volumen XVII, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1996, p. 135. También aquí: http://www.tuanalista.com/Sigmund-Freud/2437/CI-UNA-DIFICULTAD-DEL-PSICOANALISIS-1917-pag.7.htm

sábado, 26 de enero de 2013

Diario de un cura rural, II: Una palabra traviesa… y sus tutores legales


La definen como un mot curieux. Se trata del femenino del adjetivo ambigu (ambiguo).

“Ambiguë”

A primera vista lo primero que se nos viene a la mollera es ¿por qué esa “e”?

La respuesta es corta y sencilla: porque en francés la “e” final marca el femenino en muchos adjetivos.

¿Cuáles?

Eso ya es preguntar demasiado.

Luego, tras un rato mirándola, mayor o menor en función de nuestra capacidad de observación, inevitablemente nos adviene: ¿pero por qué la dichosa diéresis en la “e”?

Y la respuesta no es tan simple. Se debe que en el francés oral de nuestros días la "e" a final de palabra tiende a obviarse si no lleva acento (hay muchas excepciones, como en cualquier regla que yo conozca). Y "g”, “u” y “e", tras arrejuntarse, paren el mismo sonido que en el español “gue”, distinto del sonido de "j" presente en “ge, gi”. Estas dos facetas de la “g” (“ga, gue, gui, go, gu” por un lado, y “ge, gi” por otro) también existen en español, aunque el sonido "j" varía de una lengua a otra (la “j” franchute es más semejante a una “ll” rioplatense).

Se pone esa diéresis, en realidad un acento, para evitar que el resultado suene, según el Alfabeto Fonético Internacional, como /ãbig/ (que no /ãbij/, rematado en la “g” de “-ga-” y “-gue-“ pero sin componente vocálico sonoro, como bog en inglés). Así pues, la diéresis indica que la "e" no tiene relación con la letra precedente. Se usa frecuentemente para romper cualquier posibilidad de diptongos indeseados, por ejemplo en maïs (“maíz”), que si no lo portara sonaría igual que mais (“pero”, conjunción adversativa). Israël y Noël también son palabras importantes que la llevan, y es de señalar que muchos son nombres de origen extranjero, y que se suele usar este mecanismo para evitar confusiones fonéticas con palabras que ya existen1 . A poco que se piense se dará uno cuenta de que en español funciona más o menos igual (ambigüedad, agüelo…).

De este modo, se consigue que la “g” y la “u” vayan por un lado y la “e” por otro, con lo cual esta sigue manteniendo su función muda, pues no interviene en la producción de ningún sonido. En “ɑ̃mbig” la “e” no sonaría, es verdad, para habría contribuido. Se habría dejado notar generando el sonido /g/, y eso es intolerable, porque la “"e"” inexistente es un dogma idiomático. Es necesario salvar la situación, y con el acento se logra que el femenino se pronuncie exactamente igual que el masculino, /ãbigy/Éxito rotundo. Además no se viola la norma de marcar el femenino, como sucedería de haber tirado por lo fácil y simplemente haber eliminado la “e” (que, recordamos, es señal de femineidad) porque qué más da, si de todas formas va a sonar igual.

Ahora podemos respirar tranquilos, todo vuelve a la normalidad. Este problema, que se soluciona de la misma manera en varias palabras, por ejemplo “aguë” (aguda, del masculino “agu”), y que es en apariencia inofensivo, podría haber herido de gravedad la tensión que siempre existe en las lenguas que no pueden aceptar mayor índice de saturación de arbitrariedades sin dar ya el paso a la absoluta carencia de reglas. Pero tiene un precio: cada vez que escribamos ambiguë los hablantes o amantes de la lengua haremos un esfuerzo no ya en escribir una letra que no se pronuncia, que es el pan nuestro de cada día, sino en gastar signos de más marcándola para asegurar que no se pronuncia.

Este fue uno de los primeros ejemplos que me llamaron la atención, allá por mis inicios en el gabachismo, y le he dedicado un homenaje por haberme abierto los ojos a lo desolador del panorama que me esperaba. Podría citar cientos de miles, nueve de cada diez palabras, pero me conformaré con uno de los más básicos, aunque muchos nativos no caen en la cuenta ni siquiera de esto: la tercera persona del plural.

Ils prennent

Reflexionen, reflexionen. 

Me pareció más interesante buscar quién tenía la culpa de que el vástago de más rápido avance con respecto al latín (el que más diferencia presenta en general con sus raíces etimológicas) se quedara anclado en la decimoséptima centuria, tras tantos siglos de radicalismo y veloces mutaciones. Por qué no sólo son sus eufemismos: hasta sus palabrotas parecen propias de la corte del Rey Sol (investiguen los no iniciados el lío para decir “follar”, “besar” y “abrazar”) y sus formalismos son sospechosamente parecidos a los que aquí teníamos por ese entonces (citaré sólo el uso básico del “vos” como usted y el “si os place”). Por qué, en pocas palabras, los libros de Shakespeare en inglés están a rebosar de notas al pie de necesaria lectura aún para los nativos y sin embargo a Molière se lo puede disfrutar sin problema alguno.

Los académicos de la lengua franceses tienen el modesto nombre de "los Inmortales", y por la edad de algunos no van mal encaminados. Fundada en 1635 por el Cardenal Richelieu, uno de esos grandes personajes históricos que dividen opiniones desde el día en que nacieron (Voltaire le acusó hasta de haber provocado guerras para no perder su influencia... un poco después de que naciera, claro), la Académie Française está formada por cuarenta individuos notables que generalmente vienen del campo de las letras, aunque ha habido de todo, desde Rueff o Simone Veil hasta Cousteau. En sus reuniones cada uno ocupa un sillón (fauteuil) que fue regalo de Luis XIV, porque allí es imperecedero todo. Para la mayoría ser elegidos es un honor, pero un gran poder conlleva una gran responsabilidad: uno no puede dejarlo aunque dimita. La dimisión será rechazada. El disidente está “solamente autorizado, si [se] desea, a no asistir más a las reuniones”. Oficialmente será siempre un Académico, y su sillón será guardado hasta que muera, como sucedió, entre otros, con Julien Green, primer no francés escogido para el puesto, que decidió retirarse aduciendo lealtad a los Estados Unidos de América. Si eres Inmortal, eres Inmortal, dude.

Ahí los tienen, en su guisa habitual. Al hábito verde en ocasiones se le añaden, como no podía ser de otra manera, un bicornio y una espada ceremonial que reciben todos los miembros salvo los cargos eclesiásticos.


La principal ocupación de estos individuos, aparte de evitar la mención de cualquier lengua regional en la Constitución, parece ser la de asegurarse por todos los medios de que el francés estándar escrito no cambia, y, cuando aceptan un cambio, por ejemplo que nadie dice "feste" (fiesta) desde hace siglos sino "fete", es a medias: no pueden evitar, movidos por la emoción, colocar un acento en fête para al menos indicar que allí hubo una "s" de la que casi nadie se acuerda ya2. Muchas voces claman por una revisión de la lengua, empezando por un gran barrido de acentos nostálgicos e inútiles, al contrario que en España, donde pasa a veces que las alteraciones propuestas por la Academia resultan novedosas y forzadas para muchos hablantes (yo, pluma insigne , todavía escribo “sólo”). Los Inmortales no prestan sus pétreos oídos a las protestas: su nombre proviene de su lema, “À l’Immortalité”, que se refiere, claro está, a la de su lengua. Y suele suceder que la mejor forma de preservar algo es fosilizarlo.

Algunos opinan que el hecho de que exista un organismo que tenga la última palabra sobre un idioma es un síntoma de la decadencia de este, y refleja la extinción de su influencia. El inglés evoluciona sin una única institución normativa o rectora (aunque las hay que recogen progresivamente su avance) y ya se conoce su situación: el vocabulario más amplio del que se tiene noticia y la mayor flexibilidad internacional, con medio mundo haciéndole perrerías a sus escasos cánones.

No obstante, hay un caso en el que los Inmortales se apresuran a proponer nuevos términos con una urgencia nunca vista. Sucede, poco sorprendentemente, cuando quieren evitar que una sucia palabra inglesa o americana se apodere de la sinhueso de los jóvenes influenciables. Por ejemplo, para evitar que se mancharan del sugerente bra (sujetador) trataron de que jugaran con su crío, el adefesio soutien-gorge (soporte de pecho). Cosas como esta muestran que a fuerza de vivir tantos siglos parecen no conservar mucho sentido del foreplay.

Habría miles de anécdotas que contar sobre esta pandilla de rimbombantes... pero es más interesante hablar de todo lo demás. Y es que, aunque la pertenencia a la Académie implica la consagración de un escritor, se puede escribir una historia de la literatura gala con los nombres que por un motivo u otro nunca fueron propuestos para formar parte de la plantilla. Pueden ser citados, sin entrar en mucha profundidad, Zola, Molière, Balzac, Proust, Baudelaire, Sartre, Diderot,  Rimbaud, Rousseau, Verne, Flaubert, Stendhal, Descartes y muchos otros. Puede haber motivos a cascoporro, oséase, tres: o bien se prefería a otros, o bien no les interesaba en absoluto a ellos, o quizá simplemente no había plazas vacantes… aunque la mitad de los asientos sospechosamente lo estuvieran. 





[1] De hecho hago notar que el sonido de los tres hermosos y orondos diptongos del alemán, ei/ai(pronunciado “ai”), eu (pronunciado “oi”) y au (pronunciado “au”) es en general evitado en francés, siendo –ai-  pronunciado la mayoría de las veces como “ɛ” y a veces como el nasal “ɛ̃”, -oi- como “wa” y –au- como “o”. Las raras excepciones se dan con el uso de la diéresis y quizás es significativo de la muy diferente sensibilidad de cada pueblo, y quién sabe si de una fuerte animadversión.
[2] Lo cual para el estudiante extranjero no está mal, y al íbero lo ayuda a descifrar la mitad de las pocas palabras que no entiende a simple vista, pues muchas veces es fácil averiguar con alta probabilidad cuándo lleva una palabra acento circunflejo (“^”): lo hace si la palabra de la que procede, o su equivalente en idiomas con la misma raíz, tiene una “s” que ha desaparecido, como en forêt (foresta, forest)

viernes, 25 de enero de 2013

Cine y Fascismo (Todo maleante tiene su ángel rubio que le guarda)

El fascismo entorpece la constante inmediata del colectivista solitario en su búsqueda vital.

Harry el Sucio sentenció su particular era del vació a punta de cañón y castigo, del que se reconoce tan misántropo como perdido en su propio nicho. El llamamiento a las armas no deja bastante espacio al margen o el arcén.

Harry es tan inteligente que no encañonó su garganta. Aprecie el lector el acto intrépido de ese fuera de serie tan ingrato como, al fin de cuentas, héroe. 



miércoles, 23 de enero de 2013

De neoliberales y gorilas


Se ha criticado mucho a la teoría política de este pasado siglo que quiere dar una serie de respuestas radicalmente distintas a una hegemonía política radicalmente similar, que si cambia sólo es en grado e implementación, no en sus principios. Si estos principios no cambian es por una razón muy sencilla: apelan a lo fundamental, a la etapa primaria del desarrollo de la psique infantil en la cual el ego es lo único que importa, a aquella insatisfacción individualista que perpetuamente conduce a mostrar a los otros la superioridad propia. Hablamos de lo más sencillo del mundo: ser indulgente con uno/a mismo/a. Darse caprichos. Buscar ser el espalda plateada. Pasarlo bien. Cualquier opción distinta implica progresar hacia la etapa evolutiva en la que el niño es capaz de alcanzar un cierto nivel de abstracción y consigue interiorizar el código ético que ya conocía, y lo convierte en una u otra clase de ser moral que aprende a considerar al otro como un fin abstracto. Aunque evitar esa fase directamente conduce a la psicopatía, debemos plantearnos si la cosmovisión de muchos no sirve sólo para apagar las dudas sobre si es merecido tal liberalismo, si no puede ser fruto del estancamiento afectivo más que de la introyección de un código universalizable sobre el obrar. Es difícil, desde cualquier punto de vista, oponer sustanciales diferencias a la voracidad de un niño interior que ya no debería ser tal, pero que se ha aferrado a esa psique más tiempo del que le estaba permitido creando un conflicto afectivo con un mundo demasiado complejo, que posee elenco de reacciones humanas ante los acontecimientos demasiado amplio en comparación al suyo. La perpetua ostentación y valoración del derroche que habitamos hace parecer toda otra postura una invitación a un ascetismo monástico, a una turbulencia espiritual constante. El conflicto interno del “niño egoísta” con su planeta bien puede ser dominarlo, erigirse en rey de él y disfrutar por la fuerza de sus frutos. ¿Se requiere entonces una especie de superego masivo, una autoridad, una moral pública expansionista? Freud previó algo parecido hacia el final de su vida, en 1929, y la historia no tardó en intentarlo, desgraciadamente.

 Bien es sabido que mientras exista dominio forzado, respeto comprado, existirá algo que no cuadra, algo conflictivo, aunque los lugares enfermos están diseñados ex profeso para desdibujar esta situación y hacer parecer natural a los sujetos lo que es forzado. Lo triste es que como especie parecemos ser también un “lugar enfermo”, y rara vez mostramos poder superar las ramplonas categorías psíquicas en cuyo molde encajamos a la perfección.


lunes, 21 de enero de 2013

La era del vacio (III)

Existe una extraña verdad trascendente a una mera aproximación del individuo y su cognición de eterno salvaje sociable. Existe una verdad en la forma en que se encuentra una norma natural de cultura plural, que proclama la herida del buen indómito. La cultura puede entenderse como una divagación de la norma en función a dicha herida. Es decir, nos encontramos en un mundo donde la lesión construye a la muerte, pudiendo ser reducida o moldeable por el mejor postor.

El postor maligno es el famoso conocido por todos, cuyas consecuencias experimentadas por aquellos individuos globalizados, no le serán del todo desconocidas. Es hora de plantearse la reconducción de la moralina a un plano cognitivo activo. Esto es, incorporar la motivación del plano afectivo a un valle inferior plenamente cohesivo con la conducta. La demanda conductual no tiene que representar un bache en su vida, querido amigo.

Es fascinante el reto al que nos enfrentamos.
La naturalidad no es el camino de la sanación (Mamá no me quiere, es solo mi madre).


domingo, 20 de enero de 2013

Amar en tiempos revueltos: un individuo excepcional

Cuando alguien pregunta “¿qué utilidad tiene la filosofía?” la respuesta debe ser agresiva, ya que la cuestión intenta ser irónica y mordaz. La filosofía no sirve al Estado o la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. El uso de la filosofía es entristecer. Una filosofía que no entristezca a nadie, que no enfade a nadie, no es filosofía. Es útil para herir a la estupidez, para volver la estupidez algo vergonzoso. Su único uso es la exhibición de todas las formas de la bajeza de pensamiento … La filosofía es más positiva como crítica, como empresa de desmistificación.Gilles Deleuze, Nietzsche and Philosophy p. 106 (trad. propia)


 

En los hologramas de texto aparecerán los molinos de viento porque alguien en una vieja novela veía gigantes en ellos.



“La filosofía no tiene sentido”. “Cualquiera puede argumentar lo que le dé la gana, y si suena convincente será igual de válido que lo contrario”. “Es de sentido común criticar tonterías que no llevan a ningún lado, más en estos tiempos del cólera en los que se pide acción a gritos”. Pensamientos frecuentes hoy todos estos, procedentes de individuos que probablemente no han catado más que divulgación o novelas à la Gaarder en el mejor de los casos, y no están familiarizados con la precisión que demanda el vocabulario técnico de la filosofía que se mantiene hoy en pie como tal. O que quieren evitar pensar o leer, o que otros piensen y lean, pues la verdad es que es una carrera farragosa. Es más divertido pasar a la acción… sin plan. Pegar tiros por la calle a desconocidos, como proponía Breton. Y así nos va, así nos va, sin vislumbrar soluciones. Pero si buscamos la precisión resulta que nos topamos con un fuerte criterio de exigencia, más abarcador que el de las ciencias puras, pues es la filosofía lo que determina la validez de un modelo u otro de entenderlas incluso a ellas, y se desgaja en debates eternos que suponen un afilamiento, un sacar punta constante, de esta precisión. Quien emite esa clase de opiniones generalistas sobre valor o disvalor está emitiendo una bastante menos fundamentada que las que critica. ¿No será que es el mundo lo que carece de sentido? ¿No será la filosofía, al buscarlo (y parecer atisbarlo a ratos), lo único que lo tiene? Puede que individuos como Hegel o Kant no tuvieran la verdad sobre el mundo pero sí la verdad sobre cómo lo pensamos. De este modo, hemos creado un mundo basado en sus fundamentos, por lo que, paradójicamente, ahora sí la tienen.

Y es que la filosofía está más presente de lo que parece, más allá, por supuesto, de los departamentos de los eruditos. Hubo un griego hace veintitrés siglos, por ejemplo, que se las arregló para sacarse de la manga muchos de los conceptos que para usted son hoy de sentido común. Sí, usted. Y sí, ese sentido común que lleva a algunos a considerar prudente el escepticismo ante los vericuetos inútiles del pensamiento teórico. Su sentido común, los pilares de identidad que sustentan todo lo que cree sobre el mundo y usted mismo, no le pertenecen en absoluto, como supongo que en su trayectoria intelectual se habrá ido percatando. Primer pensador realmente sistemático, Aristóteles trató prácticamente todas las disciplinas que se conocían en ese momento, y no sólo eso, sino que inventó literalmente algunas de las que hoy son más importantes, como la biología, la metafísica o, sí, la lógica. Su física, por otro lado, se mantuvo durante casi dos milenios, siendo hasta ahora el paradigma más duradero de la historia. Su metafísica o lógica han recibido muchas críticas, sobre todo durante el último siglo, pero sigue siendo casi imposible pensar el mundo sin sus diez categorías de predicación, su diferencia entre sustancia y atributos o entre potencia y acto, su visión de la democracia y la virtud o su silogística. No es imprescindible conocer en detalle sus pormenores técnicos. Usted ya los conoce. Y no se sabe cuántos siglos más se mantendrán en vigor en la mente del común de los mortales. En esto tuvieron que ver factores arbitrarios como la consolidación del dominio eclesiástico en Europa, que adaptó la mecánica del pensamiento del estagirita como dinámica de la justificación teológica de sus dogmas, como también hicieron en mayor o menor grado judíos y musulmanes. Pero este dominio católico podía no haber sucedido, así como este griego podía no haber nacido. Y si bien su extraordinaria capacidad sintética se nutría de la obra de pensadores anteriores, fundamentalmente Platón, pudo no haber nacido nadie que llegara a las mismas distinciones, que trabajara el material de la misma manera, que diera con las mismas ideas. Nadie llegó a ellas en China, y sí a otros inventos muy apañados. No había necesidad alguna. Por supuesto que podríamos vivir sin lógica (si es que algún momento hemos vivido con ella) o cuanto menos sin esa lógica, la ortodoxa y oficial (con lo cual las lógicas marginales no serían las mismas). Si usted piensa que, de cualquier modo, esas ideas, el dominio eclesiástico, la lógica, los dogmas, tenían que suceder, entonces cree que el mundo tiene un sentido, y su opinión formará parte de una clase de filosofía pedorra y  carente de fundamento como la que muchos critican, yo también.

Todas esas cosas pudieron no suceder, del mismo modo que el ser humano pudo no haber surgido nunca, y el universo no sería un soberano truño por ello: hay muchos otros animales, plantas y rocas fascinantes hasta en este mismo planeta. No habría ciencias para comprenderlos pero no se le pueden pedir peras al olmo, baste quizás con el puro acontecer inmanente de este último. Incluso puede que estemos solos en el Universo en términos de vida racional, o que en el fondo ni nosotros seamos racionales. Lo único que importa, al fin y al cabo, es que estas cosas sucedieron. Que por ejemplo un vulgar hombre de carne y hueso, un animal gregario que precisaba comer y cagar todos los días, llegó a saber tanto y, lo que es más importante, poder articular con tanta lucidez ese conocimiento. Aunque no es un buen ejemplo de nuestro género pues ese saber que poseía, según Bryan Magee, y yo lo suscribo, es probablemente mayor que el de ningún otro ser humano conocido hasta ahora. Y se habla de lo que se conoce de su obra, pero actualmente se piensa que no nos ha llegado sino un tercio de lo que escribió.

Por otro lado, y exactamente como denuncian las acusaciones absurdas de feministas y socialistas pazguatos, era misógino y esclavista, como todo buen griego (antiguo), y a mucha honra, pues eso nos lo muestra realmente como lo que era, un mortal sometido a los vaivenes de la historia, incapaz de sustraerse a las ideas de su tiempo, lo cual refuerza los aspectos de su pensamiento que sí dan la engañosa impresión de haberlo hecho.

Y, en efecto, era griego. Pese a la imagen de pueblo vago, incompetente, económicamente nefasto, torpe, mediterráneo, pachanguero, pobre de solemnidad y culpable por ello, que nos entra a borbotones por ojos, oídos y ano, el busto que se conserva en el Louvre da buena fe de su cabello rizado y moreno con ciertas trazas de policromía, y es divertido imaginarlo reflexionando tras una pitanza de queso y miel, rodeado de cabras por las colinas. Jean Luc Godard lo dejó claro: deberíamos de pagarle diez euros a los griegos cada vez que dijéramos “por tanto”, y la deuda desaparecería en un santiamén en un giro de justicia histórica. Quizás para los alemanes sea una vergüenza que la historia de las alturas del pensamiento viniera de un país cálido y marítimo en lugar de las frías torres del norte en las que la carne lánguida y blanquecina podía enclaustrarse en paz para volcarse al mundo de las ideas. Quizás tengan rencor de que también pudieran, además de darle al coco, pasarlo bien y salir a la calle en ligeros y seductores peplo y quitón. Pero parece que no hizo falta mal tiempo, sólo la buena intención.

Ahora muchos individuos con la misma sangre excepcional que el tipo que nos ocupa están pasando la mayor mierda de sus vidas por cuestiones monetarias de otros individuos que, créanme, aunque tengan las necesidades básicas más que cubiertas, requisito que ponía Aristóteles para la dedicación a la filosofía, (dedicación máxima de los varones libres y ociosos de aquel entonces) no lo harán. No lo harán, y lo que es más triste, ni siquiera esperamos que lo hagan. Occidente comete matricidio en su noche más descontrolada sólo para seguir comprando droga. Recordemos que fue Aristóteles también el que definió el arte de la política como la búsqueda del bien común, pues cualquier asociación entre hombres busca un bien y es necesario un tipo de organización que satisfaga al común de estos ciudadanos ¡Hasta a las mujeres! ¿Es evidente esto? Bueno, parece evidente porque vivimos en un mundo aristotélico. Antes de los griegos a nadie se le ocurrían estas cosas.

¿Cómo sería un mundo diferente?

 ...
 Silencio.

Parece que sólo nos queda la ciencia ficción. Y, por cierto, dentro de ella es recomendable “El mundo de los no-A” (no-aristotélico) de A. E. van Vogt. Volviendo a lo nuestro, el pensador que nos ocupa veía con buenos ojos la aristocracia como el gobierno de los mejores, de los individuos excepcionales, los más sabios (nada de lo que hoy entendemos por aristócrata). Pero este gobierno podía con facilidad degenerar en una de las formas más viles, la oligarquía, un reino de débiles ceporros dominados por egos y bolsillos. Parece lógico, suele suceder así, pero en esa época hacía falta analizar  y comentar una por una un gran número de constituciones para llegar a esa conclusión. Hoy, en el mundo tecnológico, “moderno”, lo tenemos mucho más fácil: basta con mirar alrededor.

Es triste que en comparación con los años de Pericles la historia de Grecia haya sido más o menos harapienta desde cuando los romanos. Que se elimine todo incentivo que no sea para el hambre, incluyendo los de la creación, el desarrollo, la recuperación autónoma, la aparición de nuevos sabios en Estagira, en un país que sin duda algo podría volver a ofrecer si se le dejara prosperar de una vez (hoy día, por ejemplo, algunos de los directores de cine más interesantes las pasan caninas para conseguir fondos). A golpe de expolio recordar a esos griegos sabios se ha vuelto casi una paradoja. Griego y sabio, qué chiste. Pero paradojas hay muchas en los campos del señor. Beethoven compuso sus mejores piezas tras quedarse sordo. Stevie Wonder podía tocar todos los instrumentos de un disco y nació ciego. ¡Ah, y negro! El cuadro que ilustra el artículo no es una falacia para hacerlo parecer digerible: está hecho por un hombre que no es que no vea los gigantes, ni siquiera ve molinos, el pintor Esref Armagan, ciego de nacimiento él también. Todos ellos, además de lo imbatible de la determinación humana y su consiguiente inspiración adrenalínica para animarnos a cumplir nuestros sueños, tienen en común el hecho de que tuvieron suerte, ya fuera por cuestiones de linaje o por el hilo de los acontecimientos de su vida. No es la idea quitarles mérito, pero no morir en la infancia ya se puede empezar a considerar suerte (y más si nos remitimos a las estadísticas internacionales).

Como siempre, las cosas podían haber sido de otra manera, los textos podían haberse perdido para siempre, y todos estamos siempre bajo la posibilidad expirar en un callejón rodeados de contenedores de basura, como lo hicieron innumerables, que en un mundo paralelo en el que sí hubieran triunfado nos parecerían también indispensables para comprender o sentir el cosmos, y habría que tirar de la ciencia ficción para escapar de ellos. Grande es el rol de la suerte sobre el destino, demasiado grande. El problema es cuando esa posibilidad del callejón se incrementa a ritmo de prima de riesgo, o cuando después de nutrir y dar sostén y apoyo a alguien este sale del armario y nos tortea con el programa oculto de ceporradas que negábamos ante las habladurías de las vecinas. Para nosotros la suerte también está echada, al menos los próximos tres años, pero últimamente cada vez que nos echan las cartas sale un número más bajo. La filosofía sirve para entristecer, para tomar conciencia de que seguiremos esperando siglos y siglos que todos tengamos la oportunidad de tirar los dados, de tener acceso al pan que trae la libertad. Porque lo del rebaño y el Pastor también nos ha calado hondo.

Por eso Pan era el dios de los pastores.

V. Sobre el fascismo en Red: 'Exégesis conclusa'.

El primer delito de nuestra sociedad está -formalmente- cometido y juzgado desde la Trampa Mortal de toda escritura sagrada neonata: ya sea gnóstica (véase 'El sacrificio de Isaac') o proceder racional occidentalmente establecido como dogma retributivo (esto es la translúcida afirmación de Max Weber: " el Estado es aquella comunidad humana que ejerce (con éxito) el monopolio de la violencia física legítima").

Aún así, tras azotes de Sartre y la brutal resaca espiritualista de la 'New Age' (ataviada filialmente por sus respectivos mutantes), el mezquino ciudadano se cree en posesión de romper con El Mito Fundacional al regurgitar el memo mantra postmoderno: "el sujeto humano es una franja de luz reflexiva en un universo de oscuridad".


El hombre se aferra a los principios mientras éstos no son puestos a prueba: en suma, violarlos o no se trata sencillamente de cháchara pedante o un revolucionario afán de caer en su propio engaño.

Empero, constatar la legitimidad del “eterno ayer" sobre la costumbre consagrada por su inmemorial validez y por la consuetudinaria orientación de los hombres hacia el respeto de la misma les dota a éstos de honradez y moralidad emancipadora.


sábado, 19 de enero de 2013

IV. Sobre el fascismo en Red: 'El olvido selectivo por procrastinación electiva'.



Los grandes medios de comunicación demonizan y marginan a los escasos intelectuales valientes que se atreven a cuestionar el presente sistema de continuidad por degradación:

¿Volveremos a caer en la majadería tramposa del “voto útil”?¿Quieren desmontar ese Estado del Bienestar porque no hay dinero para sostenerlo? ¿El pretexto para ese giro es el “sentido de la responsabilidad de salvar a la nación sojuzgada (o lo que queda de ella) del ataque de los mercados”?

De espaldas a la nueva senda de la razón activa se muestran como puta por rastrojo ante todas esas concepciones holísticas opresivas que se desprende del actual contexto internacional: los medios de difusión e ignición de opinión prosiguen con el desprecio presumido a la intelectualidad despejando el camino expedito a la sinrazón cainita del ente abstracto impositivo de la dictadura del mercado (en cualesquiera de sus encarnaciones físicas en lo material).

Así, la crisis de la actual democracia representativa conduce inexorablemente a la propaganda represiva fundada en la profecía autocumplida de la escasez material emparejada a la pequeñez moral del ciudadano. Por ello, dejar en mano de éste una utópica renovación de los sistemas de intermediación y representación en los medios de comunicación y en las instituciones políticas es más bien una propuesta cínica desprovista de humor.


Resumiendo: conviene no olvidar que toda acción actúa bajo un criterio particular calculador...: esto es, ni el necio ni el salvador de la patria son compañeros de viaje fiables cuando las ratas abandonan el barco.

[Formulada la moraleja, actúe cada cual a su arbitrio].

jueves, 17 de enero de 2013

La Era del Vacío (II).


A pesar de que en el mercado musical nunca ha circulado tantos contenidos a disposición de tantos seres humanos como ahora, el contenido cultural de los mismos es pueril y banal...

Siendo consciente de que el rocanrol como género popular está agonizando por la repetición hasta la saciedad de una fórmula agotada con discos sobreproducidos y ligeros materiales líricos de desecho, la principal diferencia entre la vanguardia contemporánea liderada por Radiohead, Muse y sus mutantes (The Strokes y Jack White, tal vez, se salvan de la quema por actitud y propuesta lírica) y las intocables bestias doradas del rocanrol no sólo radica en propuestas frontalmente opuestas, sino en unos contenidos populares disimiles: mientras los niñitos indies son pijos universitarios, los héroes del Santo Grial del Rocanrol ejercían de trabajadores de la canción forjada en el orgullo de barrio.

El problema no es que en la peli no vayan ganando los buenos, el problema es que la historia que nos ofrecen en pantalla es soporífera: hoy que todos andan con grupos hipster-indianos la única alternativa digna es seguir desempolvando viejos vinilos.

Ser acusado de apocalíptico no es sino una redundancia desprovista de humor más que una ironía sorprendente que divierte o entretiene tan plúmbea como un domingo a media tarde.

Y, por supuesto, no sólo el pensamiento débil de la Era del vacío y sus contenidos desechables afectan a la música...Sólo hace falta ojear los versos demenciales y pueriles de Luna Miguel.

Y, sí, vuelve a sobresalir de nuevo aquel epigrama de Javier Egea como un nirvana: " los rojos, Claudia,/en estas noches bárbaras,/sólo somos tú y yo."

miércoles, 16 de enero de 2013

Lo que se posee


A principios del siglo pasado definía Georg Simmel en su “Filosofía del dinero” uno de los más profundos atractivos de la propiedad: la proyección de uno mismo a través de ella. Cuando uno obtiene cosas en posesión su yo se ve expandido, se propaga fuera de sí mismo. La tenencia constituye una forma de trascender los límites corporales del yo y “corresponde a un crecimiento de la personalidad más allá del límite del individuo, exactamente igual que la procreación”[1]. Es decir, hablando en cristiano, apacigua la angustia que produce la certeza de morir. Los objetos que uno posee son fagocitados,  convertidos en facetas del yo por la tendencia del este a proyectarse en el mundo externo. Las propiedades (material externo) pasan a ser propiedades (atributos propios). Pasan de conformar un soporte, un Otro amigo como el osito de peluche de la infancia, a ser símbolos de ciertas cualidades propias de cara a los demás, como la moto del adolescente. Esto es especialmente notable desde que la sociedad de consumo se constituyó como lo imposible de construir la personalidad y sus roles sin la adquisición de objetos que simbolicen prestigio o adecuación a una determinada corriente, clase social (real o anhelada), tribu urbana o grupo deportivo, si cabe. Esta conveniencia de la signación de uno mismo para distinguirse (sólo en apariencia) de la homogeneidad reinante no es hija de las revoluciones que trajo el Siglo de las Luces. Durante toda la historia se han usado los objetos como cauce para el estatus social, y ese uso se remonta a los amuletos recibidos en los ritos de iniciación que las sociedades “primitivas” hacen pasar, tras un esfuerzo real y con frecuencia extremo, a los individuos que alcanzan la hora de solicitar una identidad en el mundo, un madero al que agarrarse en la vorágine.

Si bien todo mana es ciego el dinero lo es aún más, pues lo que distingue al dinero de nuestro tiempo de sus equivalentes de otras épocas es que no tiene por qué corresponderse necesariamente con la condición de su poseedor, y con frecuencia tampoco con el esfuerzo. Si bien antes el objeto simbolizaba algo, implicaba una condición que su poseedor había merecido según los criterios de merecimiento del momento, en el consumismo el objeto crea la condición social, y si uno vive  como determinado subgrupo y consume los mismos productos, no hay nada aparente que lo distinga de él, y, más aún, frecuentemente es el primer requisito para alistarse en sus filas. En ningún punto consideraremos la superstición ritualista como paradigma de objetividad a la hora de dar orden o sentido a la sociedad, pero el dinero tiene por característica esencial su neutralidad de valores y sirve para que cualquiera adquiera cualquier significación. Es decir, es en esencia democrático. La propiedad derivada de él constituye una proyección de uno mismo, pero su democracia esencial le impide seleccionar, cribar quién es propietario de sus proyecciones potenciales. Constituye un elemento de manipulación del otro mediante la adquisición de símbolos que confieren prestigio ante los demás, los cuales antes de las revoluciones burguesas eran donados por una autoridad que seleccionaba quién lo merecía y generaba una aristocracia privilegiada. La sociedad basada en el dinero funciona gracias a la pretensión de todos de llegar al punto de poder manipular a los otros adquiriendo símbolos que los adornan para pasar por categorías sociales que no se poseían, pero al legalizar de esta forma la apariencia y sustentarse en ella la apariencia se invalida como tal y se convierte en lo esencial, en otra de esas tantas contradicciones del sistema que poco le estorban.

Si tenemos por cierto aquello de que el objetos es un anexo anímico, debemos considerar que mientras haya múltiples propietarios existirá tensión entre ellos. Nos referimos a la envidia, los celos, el desamor, la megalomanía, la competitividad, y otras fuentes de malestar psicológico que se naturalizan al volverse la propiedad la base principal para cumplir un rol social. Todas ellas se derivan de la tensión de nuestras posesiones frente a la amenaza de las ajenas, pese a que este plano mecánico e insensible de las posesiones es en el fondo tan periférico al yo como la bóveda celeste. El mundo de las finanzas y la implementación silenciosa de su mentalidad característica en el microcosmos de las jerarquías y relaciones entre las personas “corrientes” incurren casi por norma en confundir con uno a su capital, de inversión o de consumo, o el sitio donde vive, las facilidades que se permite en su vida diaria o incluso, en otra clase de propiedad, su familia o las amistades que lo rodean y la opinión de estos sobre él. Suelen ser estos los criterios para comenzar a formarse una opinión, y si se me apura son propiedades hasta el “capital intelectual”, que se pone al servicio de la industria cultural, o incluso las ideas que uno posee (que son materiales en su realización, y pocos me negarán que la vida un artista puede llegar a no tener nada que ver con el modelo de vida que se deduce de su obra).

¿En qué consiste entonces la persona, si ni siquiera su saber o su inteligencia son algo más que propiedades? Siendo estos los criterios habituales del juicio, se hace cada vez más difícil valorar de forma ética. Las divisiones clasistas nos llevan, curiosamente, a una unidad ética desde el punto de vista de quien diside, y tanto el pobre como el rico tienen aparentemente por fin vital ser más ricos, prosperar desde dentro del aparato económico. El hecho de que dediquen su obrar a conseguir el éxito en las representaciones que quieren transmitir mediante  la imagen de sus propiedades –“posesión”, en el sentido amplio antes descrito- hace que el obrar de uno o de otro siga unos principios muy semejantes, que compartan unos objetivos comunes hacia los que se encaminan sus medios, o, lo que es lo mismo, que tengan éticas en el sentido más primario del término muy parecidas, y en la práctica sea secundario que voten a partidos distintos o discrepen en lo religioso. Los valores éticos, en toda su posible pluralidad o incluso contradicción, conforman la que por definición es la facultad más genuina de todas, pues todas las otras sólo existen en función de lo que la moral permita. Por mucho que se pretenda lo contrario, la radicalidad de la ética consiste precisamente en su dificultad por definición de alcanzar un consenso conclusivo o una normativa universal. Es lo puramente irreductible. No parece haber, pues, expresión más genuina de uno, por mucho que esos valores deban ser mantenidos frecuentemente por la creencia y sean incuestionados en la mayoría de personas de este planeta.
No debe olvidarse que la moral es un espejo de la individualidad muy falaz, y muchos claman que no existe el individuo, sólo un manojo de usos y costumbres, condicionamientos ciegos y dogmas inculcados. Sea como fuere, aún en ese caso extremo lo más cercano a lo genuino de cada uno sigue siendo, a falta de otra cosa, lo que rige el obrar, englobando también en “moral” las pulsiones o apetitos que pueden contradecir el supuesto código ético inculcado, que ese código comprenderá como excepción y, con frecuencia, se encargará de buscar una enmienda que la justifique o castigue. Tomemos “moral”, pues, en un sentido amplio, siendo la articulación de una o varias series de valores definidos que llevan al comportamiento a la elección, ya sea para escoger no elegir.

Frecuentemente el juicio en torno a los valores éticos de alguien se hace para descalificar a quien no posee exactamente los valores propios. No existe opinión sobre lo que se comparte. Pero cuando todos tienen la misma moral, entonces la valoración deba afinar más y efectuarse en distinciones más sutiles, cuando ya se poseen unos valores comunes, cuando el horizonte pasa por, se sepa o no, valerse de lo económico para adquirir una identidad. Así pues, aunque la mayoría de los grupos sociales resultantes pretendan tener códigos completamente distintos (muchas veces incluyendo aversión entre ellos), en el fondo su ética es, desde fuera, sólo diferente en matices. Pasolini lo ejemplificaba de la siguiente manera: “uno toma una ideología fascista, otro adopta una posición ideológica antifascista, pero ambos, antes de sus ideologías, tienen un terreno común que es la ideología del consumismo”[2]. Esa ideología no consiste, como parece a simple vista, en la valoración del consumo sobre todas las otras cosas, sino más bien en aceptar definir la propia identidad mediante el consumo, y esa es una primera elección, se haga consciente o no, siempre que aceptemos que se puede dar la influencia de unos valores sin haber reparado o reflexionado sobre ellos. Aceptar y obedecer a un orden de cosas dado son posiciones morales, el punto de partida del constructo ético posterior. Sólo a partir de ese punto puede empezar a ser interesante para encontrar seres afines atender a relativas menudencias como la preferencia por la adquisición de determinados objetos o los gustos musicales.

La moral del mérito y el prestigio, como la más poderosa de entre aquellas que encuentran su juicio en la posesión del otro, deroga lo que comúnmente se entiende por moral y se centra en otra cosa, en algo eminentemente material. Es una moral que se sale de lo moral, que asesina la valoración ética del otro, aunque luego como subterfugio no sean raras las veces en las que pretende ser acompañadas por pseudomorales poco elaboradas que cada vez se manifiestan menos, fuera de la apariencia social y el seguimiento de rituales ocasionales. En el mundo pre-democrático era común que cuando el poder individualizara a un individuo, lo hiciera para distinguirlo, producirle ventajas, loar hazañas o conceder privilegios. En la sociedad democrática, en la que no debería haber esta individuación a priori, en la que todos debieran atener a los mismos derechos frente a la ley, es en el caso patológico donde se recoge más información individual, más testimonios para el control y la seguridad. Señala Foucault que  “el niño está más individualizado que el adulto, el enfermo más que el hombre sano, el loco y el delincuente más que el normal y el no delincuente”. Lo más lejano al adulto modélico, que, cuando se señalado, elegido frente a la homogeneidad “es siempre buscando lo que hay en él todavía de niño, la locura secreta que lo habita, el crimen fundamental que ha querido cometer”[3].

Pierde sentido aprender a valorar la moral del otro como expresión de su mismidad, valorar la verdadera diversidad. Mientras el sistema sea tan unívoco como para  sustentarse en una subterránea competición por recursos o el afán de prestigio no se podrán valorar los planes de vida que realmente disientan, pues se tiñen de peligrosos, marginales, anómalos. No obstante, cediendo un poco en el dogmatismo que impone la ética propia, hasta cierto punto es más realista enjuiciar esa facultad y no categorías vacías y frecuentemente involuntarias como la inteligencia, clase social, carisma, y tantas otras cualidades secundarias. Si se dan las condiciones de que la moral diferente pierda su exclusión y potencial amenazador, que pueda integrarse sin tener que ceder ante los otros, hasta cierto punto se podría amar con sentido casi espiritual o estético lo elaborado, sencillo, consecuente o creativo de unos principios o una forma de vida radicalmente distintos, de una ética en sí misma, siempre bajo el eterno riesgo de que sea otra representación falaz y engañosa. Casi todos conocemos dúos felices que lo han descubierto a muy pequeña escala, siendo los valores profundos de sus integrantes compensatorios y no unívocos. Es una riqueza impensable a gran escala si dentro de cada persona existe exactamente el mismo caldo de cultivo que en las demás, por florido que pudiera ser este.

Esta línea de reduccionismo, unidimensional en la vieja línea marcusiana, está en las sociedades totalitarias fingidamente siempre presente, y en las liberales fingidamente siempre ausente. Poco importa que ambas implanten teóricamente un modelo de libertad, que no se da de facto. Sólo queda preguntarse qué pasaría si, en lugar de pensar que los falsos atributos deben ser eliminados (que debería extirparse el sentimiento de propiedad y llegar al completo desharrapamiento), lo expandimos hasta el infinito y aplicamos la confusión entre “propiedad perteneciente a uno” y “propiedad constitutiva de uno” a cada ser humano y al mundo. En otras palabras, si tanto luchamos por crearnos una imagen a base de un limitado número de objetos ¿Hasta dónde llegarían nuestros potenciales, liberados de la lucha, si tenemos firmemente por cierto que nuestro yo tendrá su lugar y símbolo en cualquier tierra en la que puedan posarse nuestros pies? No es mucho más delirante, pero tal como está el patio es la clase de pregunta que carece de sentido.





[1] Simmel, G., Filosofía del dinero, Granada, Editorial Tomares, 2003.
[2] Entrevista poco antes de su muerte, citado en Racionero, L., “Filosofías del Underground”. Barcelona, Editorial Anagrama, 1977, pg. 64
[3] Michel Foucault, Vigilar y Castigar, pg. 197-198

La Era del Vacío (I)


Una vez se reconoce la evidencia existente intrínsecamente desde la objetividad común, la obra de arte jamás es bella. Quien necesita la comparación como jerarquía toma la rienda de su vida desde la fusta y el sadomasoquismo.

Se entiende como una forma esplendida de opresión aquel mercantilismo que juega con el tiempo abstrayendo la identidad del sujeto a un rápido cúmulo de acontecimientos que remontan constantemente la necesidad imperativa de la efímera felicidad.

Nos encaminamos a un paralelismo moral coetáneo: nadie gobierna directamente en su conducta como la comprensión justa de la identidad divina que espera el llanto.

Asumir que el 'target' potencial está plagado de hongos y que el público presente son un atajo de tramposos muy cultos es un suicidio para el artesano.

Hoy por hoy, el artesano y su laburo está arrestado por el fascismo de la Red: la creación es tomada por estúpida y relegada al marco del arte siempre y cuando lo que entendamos por arte sea una cola-light.

Hoy por hoy, no hay meta ni fin más atractivo para la obra del artista que la desaparición de la misma.

martes, 15 de enero de 2013

III. Sobre el fascismo en Red: 'El nuevo orden'.


El nuevo orden mundial a corto plazo requiere destruir un fin efímero en sí mismo: el capitalismo del s.XIX fue tambaleándose de desastre en desastre en los mercados bursátiles con una inversión empresarial irracional hasta aguantar su curda sobre unos cimientos endebles y sin consolidar que soportan el devenir de nuestra sociedad hasta la crisis de liquidez de septiembre de 2008.

Como subraya continuamente el catedrático de la Universidad Ramón Llull, Santiago Niño Becerra el crecimiento anémico e inverso en el que estamos creciendo sólo mantiene al enfermo víctima del gotero pero continuo de cancerígeno parece: por ello, de una crisis sistémica sólo se sale cambiando el modelo económico por otro nuevo.


En el presente subsidio de la resistencia es la reivindicación discontinua de las instituciones, especialización flexible de la producción/concentración sin centralización del poder. Así, el lugar en la cadena de montaje que ocupa el homo laborans es ilusorio : la mermada lucha de clases se presenta, entonces, más vigente que nunca.


El sistema de poder que acecha en las formas modernas de flexibilidad está sembrado en la sumisión inculcada a una clase trabajadora que se ha quedado sin representantes que ensortije sus derechos. Ahí reside la victoria del liberalismo económico: en implantar sus credos como consustanciales a la democracia representativa.

Dada la corrupción moral de la sociedad, el ciudadano libre se enfrenta al fin de su propia conciencia.

lunes, 14 de enero de 2013

Mientras mamá duerme (Fascismo mutante y otros terrores)


Se entiende como una forma espléndida de opresión aquel mercantilismo que, escaldado en la voz del infantilismo, reconoce su lujuria como nueva orden instructiva.

Juega con el tiempo abstrayendo la identidad del sujeto a un rápido cúmulo de acontecimientos que remontan constantemente la necesidad imperativa de la vieja felicidad. La vieja felicidad.

La cosecha de la eternidad arrastra tras de sí la propia existencia del minutero. Resulta humillante el pavor de una sociedad de boca abierta que no se reconoce muerta. Nos encaminamos a un paralelismo moral coetáneo, tantas veces resuelto a lo largo de la historia. Como saben, la vuelta sobre nuestros pasos no solucionará lo más mínimo. Volverán a retomar el viejo rotulo de "La era del vacío".

Brindaremos desde el extremo del último tren cuando nos lleve lejos.




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